miércoles, 5 de febrero de 2014

TRAYECTORIA- - - -DEL- -FRACASO- - - - - - - - - - -

(… se sugiere escuchar las rolas, adjuntas abajo, mientras se lee. Nota de Autor.)

No pretendo hacerme pasar por un pseudo musicólogo ni por un crítico de música principiante. Esta es sólo la impresión (cuyo objeto de observación es una de mis debilidades de la música pop) que tengo con respecto a dos rolas de Radiohead consabidas e, incluso, estereotípicas de la banda inglesa: “Creep” y “Nude”. Si consideramos que entre el lanzamiento de las dos canciones hay dieciséis años (aunque la historia cuenta que “Creep" es del 92 y que “Nude" fue escrita en 97, lo que hace pensar que en cuanto a diacronía no hay demasiada distancia entre las dos) podemos ubicar una detallada trayectoria entre las dos rolas, es decir, tiempo suficiente para transcurrir el fin de la adolescencia y llegar a los treintas ya como sombra de lo que el niño una vez fue. Todos los proclives al rock británico hemos escuchado “Creep”, una rola que justifica, junto con Nirvana y un puñado más, que la década de los noventa fue un soberano desmadre cubierto de un desencanto estéril y vanidoso. Y ahí estaba “Creep” para razonar y promover el delirio de una adolescencia contaminada por los residuos del amor ochentero: “I wish I was special / You’re so fucking especial”: helo ahí el lema del rogón torturado por su condición de poetastro: un tipo embotado de juventud, con jirones de adolescencia aún en el coco, que se intuye a sí mismo como un proscrito de su tiempo: es el clásico que leyó a Nietzsche en el metro y lloró rodeado de una multitud indiferente: es el que se hinca de pie, por orgullo, para reclamar su rebanadota de amor, por eso dice: “I want you to notice when I’m not around”. La letra misma de “Creep” evidencia aún cierto desorden y confusión en cuanto a un propósito concreto, bien definido. Se trata de una letra fabulativa en forma de cascada que se precipita hacia la explosión axiológica y, en suma, hacia la declaración iterativa de las más elevadas aspiraciones: “I do not belong here / I do not belong here”. El cabrón termina negando su pertenencia porque le produce gozo el aislamiento, sin intuir que esta postura bulliciosa lo convierte en átomo elemental y necesario para construir los noventas. “Creep” anuncia que el ARRASTRADO/ORGULLOSO/CHILLÓN aspira a consumarse en la no-pertenencia y en el amor al autoboicot, su vocación es romántica y afiladamente cursi, es decir, una nube encabronada buscando su lugar en la bóveda celeste del siglo XIX.


“Nude”, por su parte, tiene muchas semejanzas con respecto a “Creep”, pero ya desde los títulos se puede intuir que el arrastrado/rogón/arrogante ha llegado a un punto en el que lo ha perdido todo y su desnudez es palpable. La letra de “Nude” es más breve y su última estrofa, de un solo verso (“You’ll go to hell for what your dirty mind is thinking”), representa el fin de la no-pertenencia, se reconoce la existencia de un infierno trascendental/teleológico y se asume una moral de anulación del pensamiento. Ya no hay grandes aspiraciones y esto se declara desde el principio como una sugerencia imperturbable (“Don’t get any big ideas / they’re not gonna happen”). La voluntad de la voz plañidera y trascendental que escuchamos en “Nude” significa la derrota del chaval todopoderoso que no pertenecía en “Creep”. El tipo de “Nude” es un webón asfixiado por su derrota, por no haber sido capaz de recorrer la no-pertenencia bajo el dictamen de la moral del granChingón, del chingonazo vergaArdiente… Lo que no pasa inadvertido es que ambas voces, el par de Creep-Nude, son arrogantes y orgullosos, les encanta catapultarse en las cuerdas más tensas del cuadrilátero, ambos quieren caer y hacerse mierda, pero el rogón de “Creep” quiere aterrizar en el fondo de su derrota con el mundo entre las manos, mientras que el lacrimoso de “Nude” quiere permanecer en el fondo de su inmovilidad con las manos atadas por la espalda. Acaso en la línea del mero centro de “Nude", la que parte la canción en dos, como ombligo biliar, versa un pernicioso alegato: “Now that you’ve found it, it’s gone”: porque la voz de “Creep” tiene el designio de hallar, de abrazarse al encuentro de su destino hasta reventar de placer, pero la voz de “Nude” ha perdido la voluntad y suprimido sus aspiraciones de encontrarse con su destino, o lo encontró sin darse cuenta; como sea, el destino se ha ido. En todo caso, y desde mi silla de crítico de música principiante, entre “Creep” y “Nude” he trazado tantas veces la perfecta trayectoria del fracaso, de hallarme de pie en una explanada donde mi mera presencia produce un catatónico repiqueteo fluvial: has fracasado tras perseguir tu propia trayectoria…     











    

sábado, 1 de febrero de 2014

ESTAMPA DE UN LIBRO DE Yuri Herrera




Libro que se puede leer como una sucesión de parpadeos y que recuerda una sombra tallada con un cincel de flama leve pero punzante. Es el libro de una travesía, de una piedra que se pierde en la distancia impulsada por la tensión libre de una resortera. Es el libro de Makina, la mujer de los mensajes, la mujer que cruza, la mujer que huye, la mujer con los huevos suficientes para subrayar la humillación. En Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera teje algo que llega a parecer una sinfonía (aunque quizás se trata más bien de un danzón) y donde las tenazas y los instantes son los metales que dominan. ¿Qué relación, secreta o desvergonzada, sostienen la muerte y el silencio? ¿Entre no saber una lengua y el prurito irreprimible de hablar? El lector hallará en esta brevísima odisea (que se precipita en mise-en-abyme en el canto, zarandeado por el viento, que compartimos los de aquí y los de allá) un libro que anuncia el fin de un mundo que sabemos periclitado, pero al que todavía no renunciamos a volver a sentenciar.








sábado, 18 de enero de 2014

Vedettes (vieja ficción recuperada)


(Se llamaba Enriqueta Scott)

He tenido muchos nombres a lo largo de mi vida. Una mañana, o una noche, sin que yo supiera los motivos, de Lucía Jerez pasé a llamarme Olivia Serrano y luego Olga Izquierdo y siguiendo esta secuencia de mutaciones imposible de detener hoy he despertado como Enriqueta Scott. A esta serie de cambios, casi inevitables, debo añadir que mi vida ha sido triste. Mi madre, esa mujer desconocida desde el principio, quedó embarazada (según cuenta la leyenda familiar) en una alberca, cuando un espermatozoide (la mitad de lo que ahora soy) en su esfuerzo natatorio terminó acurrucado en uno de los óvulos de mi progenitora (la otra mitad de lo que ahora soy). ¿Mi padre? Pudo ser cualquiera de los tipos encorsetados en un diminuto traje de baño, sepa cuántos llevan a cabo sus prácticas onanistas bajo el agua. Pero una cosa es la realidad y otra muy diferente las leyendas familiares, por eso aunque he vivido bajo el marbete de innumerables identidades, estoy más o menos convencida de que mi padre fue un violinista polaco que tuvo que emigrar a México apurado por las atrocidades de los nazis. ¿Qué hacía un violinista polaco masturbándose en la alberca de un balneario? Esta pregunta ni mi madre ni mi padre podrían responderla; las leyendas son así, como el deseo, es decir, una pregunta a la que nadie puede responder.
        Los primeros años de mi vida no fueron nada extraños, pero, como tenemos tiempo, quisiera referir algunos episodios que a mí me parecen un poco interesantes. Una mañana, habré tenido seis o siete años, encendí el televisor y en la pantalla adquirió consistencia en blanco y negro la imagen de un par de equinos copulando. Aquello no duró ni un par de parpadeos, pero al mirar los ampulosos y nerviosos embates del caballo sobre la yegua, una especie de dulzona repulsión comenzó a anidar cerca de mi oído izquierdo. Durante años, después de ser testigo de aquella forma de amor equino, mi disgusto permaneció mezclado con la incertidumbre y, sobre todo, con la impaciencia. Otro detalle: desde aquella mañana, dejé de mirar el televisor, y su presencia sólida de armatoste inseparable de la sala/comedor llegó a causarme un intenso resentimiento. Años después cuando debuté en la “pantalla chica”, pese a que mi espectáculo resultó a pedir de boca, no pude dejar de lamentarme en mi camerino del lugar adonde el trabajo y el servicio me habían llevado. Aquella noche bailé mambo acompañada de una orquesta inolvidable y un grupo de espléndidas coristas. Es increíble que en medio de aquellas mujeres, igual de voluptuosas que yo, fuera yo la única estrella con un nombre bien definido. Este trabajo es así: rostros y piernas desfilan frente a una sin llegar nunca a conocer sus nombres. Recuerdo algunas Rositas y Claudias, quizás alguna Manola, pero más allá de esto debo afirmar que he bailado siempre entre desconocidas.             

lunes, 30 de diciembre de 2013

Confesa resistencia al diario...


Llegué a la Gare d'Austerlitz a las siete de la mañana procedente de la Estación de Sants de Barcelona. Estaba nublado y lo primero que hice fue buscar con el olfato al Sena, persuadido, como tantos otros, por mis lecturas de autores franceses decimonónicos: Gautier, Baudelaire, Rimbaud, Huysmans... Cuando miré las aguas rancias y grises del Sena por primera vez, saboreando la quiche de espinacas que había comprado en un mercadillo a un lado de la estación de Austerlitz, no imaginé que iba a recorrer, de sur a norte, ese río lánguido todos los días durante una larga temporada. Mis esperanzas no tardaron en desvanecerse, igual que mis ahorros, ignorante de que el París al que llegaba hacía muchísimo tiempo que había desmenuzado y digerido la poesía: lo que llevaba en el bolsillo apenas me duró para medio comer unos días; de pronto, ansioso y aterido por la imposibilidad de encontrar a un amigo cibernético que había prometido proporcionarme alojamiento, me acostumbré a tumbarme a dormir en los parabuses cerca de la estación de Austerlitz. Así fue como dormí aquella larga temporada, mi primera en París, aferrado, con maña, a la evasiva de regresar a México antes de lo proyectado... Me apreté a la calle, que fue fría y poco amable, por dos motivos: el primero, que no sabía si iba a poder regresar a París otra vez, la oportunidad estaba frente a mí, no como la deseaba, pero ahí estaba; el segundo motivo, pues que a mis veinte años ya tenía ciertas pretensiones literarias, por lo que la calle parisina me pareció en aquel momento una etapa forzosa en el largo camino de la escritura. Esto es una falacia, o creo que es una falacia, lo de la calle y la escritura... Además, durante todo el tiempo que trajiné de la Gare d'Austerlitz a la Gare du Nord, no escribí nada, no pude escribir nada. Transcurría casi todo mi tiempo domando el hambre, que había afincado su residencia de manera permanente en mi cuerpo, dormitando en las bancas de jardines y parques, y acostumbrado, con enfermiza inocencia, a no perder mis pertenencias, que, resumidas, resumo así:

-Lo que llevaba puesto:
botas, 
pantalón, 
camiseta,
reloj de pulso
y suéter abrigador.

-Una mochilita azul marino, adentro: 
una vieja cámara fotográfica semiautomática Minolta de 35 mm (reliquia familiar), 
cepillo y pasta de dientes,
rastrillo y jabón, 
frasco de crema para las manos,
una toalla
y una camisa del París Saint-Germain.


La toalla de poco me sirvió, pues en varios meses sólo pude ducharme una vez, justamente en los baños/regaderas de la Gare d'Austerlitz, estación que se convirtió en mi punto de autoencuentro. (Una noche, ya cuando comenzaba a hacer frío, más flaco que una vara y más solo que un encabronado aullido, invadido de desesperación, en aquel momento con un hambre incisiva y deseoso de dormir en una cama, cansado de llevar mi mochilita azul en la espalda como un soberano pendejo, desilusionado del Sena y Notre Dame, abandonado frente a mi propia arrogancia juvenil, delirante al punto de creer que todos mis problemas y mi falta de sueño se debían a mi diario ejercicio de cargar la toalla y el frasco de crema, los tiré a la basura, en uno de esos contenedores de acero estilizado que hay en los pabellones exteriores del Louvre. Me quedé sin toalla y sin crema para las manos, y quería culpar a alguien, pero no tenía muchas fuerzas para pensar, así que caminaba y miraba, a ratos, las aguas grises del Sena y la torre esa famosa que despuntaba en la distancia infalible de París). Conocí sólo a dos personas, Kanu, un nigeriano que buscaba la manera de ir a Madrid a reunirse con su hermana (quien le ayudaría, según él, a encontrar trabajo, pese a que no sabía ni siquiera decir "hola" en español) y a Rafelito, un dominicano que se unió a Kanu y a mí durante sólo una noche; la historia de Rafaelito es breve así que la contaré: Kanu y yo estábamos sentados, dormitando, en la estación de Austerlitz y el tal Rafaelito, vestido de límpido blanco, aguardaba desesperado junto a nosotros. Llevaba tanto tiempo sin hablar en español con alguien que no fuera yo mismo, que me animé, por su apariencia, a preguntarle si hablaba español. Me explicó con rapidez que había llegado a París por la tarde y que a las cinco de la mañana tenía que tomar un tren para ir a España, según él a pasar unas vacaciones que iba a sufragar con lo que obtuvo tras la venta de su coche allá en la República Dominicana; describió el auto como un tremendo sedán con toda clase de añadiduras apantallantes: alerones, un estéreo con gran sonido, llantas más redondas que el planeta Tierra, etcétera... En fin, que el pinche Rafaelito iba a estar ahí por unas cuantas horas, así que esperaba, impaciente, deseoso de llegar a Madrid para comenzar con las vacaciones de su vida, porque, como dijo un par de veces, su sueño era conocer la capital española. Le pregunté si había estado antes en París, negó, y sin dilaciones le propuse llevarlo, por lo menos a que mirara Notre Dame y el puto río Sena, a cambio, claro, de que nos comprara a Kanu y a mí un bocadillo de jamón y una rebanada de pizza. Cruzamos el Bulevar del Hospital, conseguimos las provisiones, y encaminamos a Rafaelito hacia Notre Dame (nos hicimos una foto en el camino, adjunta abajo)... La historia de Kanu es más compleja, por eso no la contaré en este momento: pasamos juntos varias semanas, lo encontré, también, en la estación de Austerlitz, y le ofrecí un pedazo de chocolate y un trago de leche (mi desayuno-comida-cena del día), tomó el chocolate y rechazó la leche. Hablábamos en un inglés difícil, era común que no nos entendiéramos, y siempre caminaba detrás de mí: lo esperaba, le decía que caminara junto a mí, asentía, pero progresivamente me perdía el paso hasta recobrar la distancia que nos separaba en nuestras caminatas cotidianas. Mi triunfo fue hacerlo beber leche... Toda esta confesión viene hoy a cuento porque hallé, otra vez, fotografías viejas en el interior de un libro en la casa de mi madre, esta vez de Georges Perec (qué manía la de esconder fotos en los libros, y es obvio que mis padres no hojean los libros que dejé atrás...).

Ahí estoy con mi camisa del París St.-Germain, Kanu sentado y Rafaelito de blanco.










martes, 10 de diciembre de 2013

III. Confesa resistencia al diario resistir

Desde hace algunos días no para de llover ´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´ el agua escurre por las canaletas del tejado, puedo escuchar los chorros caer y deshacerse en los alféizares, embarrarse en los vidrios de las ventanas, y me parece que se trata de una lluvia que nunca cesará, como aquella que me recibió en Portland hace ocho años, una noche deformada por el tedio de la espera, que poco a poco me empujaba hacia una oscuridad húmeda, rayada por las agujas sesgadas que caían de un cielo pardo, donde ni las nubes ni el atisbo de la divinidad lograban hacerse un hueco. Recuerdo otras lluvias, chubascos, chaparrones, tormentas, lloviznas, resbalones sustanciosos sobre el cemento bruñido de una cancha de basquetbol de una periferia de la ciudad de México, pero viene a mi memoria en este instante, como dulce tormento, o canción de cuna que oprime el pecho, una noche, la última, que pasé en Playa del Carmen, cuando pensaba que mi juventud era inagotable y, por tanto, podía arrogarme el falso lujo de aprovecharme de ella. No recuerdo el mes, o quizás sí lo recuerdo pero no quiero mencionarlo, desde el terrario, colonia, llamado El Ejido, habíamos corrido hasta el mar, una noche lluviosa que, empero, dejaba ver en la distancia la lumbre artificiosa de Cozumel. No recuerdo quién tuvo la idea, en situaciones como aquella eso deja de importar, el caso era que nos sumergíamos en el agua, turquesa ante la luz del sol, negra bajo el reflejo mortecino de la luna ausente, dejando que nuestros cuerpos flotaran en un mar picado de granos de lluvia, semillas, acaso, que se estrellaban en nuestro rostro sin dejar cicatriz evidente aunque profunda. Quise imaginar que un tiburón nos iba a tragar, mejor que nos hubiera tragado, o me hubiera tragado, para llevarme a las profundidades marinas en partes, destrozado, semilla yo mismo, carmín disuelto entre aguas dulces y saladas, pero mi imaginación fue un débil aleteo que sucumbió al influjo de mis ansias, nuestras ansias, por salir de aquellas aguas en una sola pieza, de cuerpo entero, de esperanza compacta y juvenil. Al día siguiente, temprano, nos subimos a un autobús ADO y tras veinticuatro horas llegamos a la ciudad de México, regresamos, armados con un poco de valor, con pesos suficientes para subirnos a un avión hacia ese lugar que llaman la ciudad de las luces. Llegamos a París de noche, colmados, aún flotando sobre el mar picado de Playa del Carmen, con las pupilas inflamadas por la lumbre nocturna de Cozumel. Nos separamos, después de un tiempo, que en la memoria parece breve, pero luego yo también regresé, convertido en un nosotros, es decir, acompañado, inundado de otras luces, de otros silencios, con una esperanza novedosa, delirante hasta el día de hoy en que he apretado demasiado mi puño y la luz revienta en innumerables esquirlas que, ahora, después de ires y venires casi anecdóticos, se transforman lentamente en una lluvia nueva, en un llanto que convoca la memoria de una noche transcurrida, boyando, sobre el agua tibia del Caribe mexicano, bajo una tormenta que aún cae, dócil, en un rostro cubierto de juventud desfigurada: 
                          
´  ´´´´´´´ ´
´´´´´´´´´´´´´´´´
´´  ´´´´´´´´´´´´  ´´
´´´´´´´´´´´´
´´       ´´

´´
´´´´´´´´´´´
´´´´´´´´´
´
´´´´´
´´´
´´
´



    

domingo, 1 de diciembre de 2013

Fraternidades y sororidades: ¿honor, privilegio o lastre social?

La fraternidad Alpha Phi Omega en pleno arranque de orgullo


Sólo hasta hace poco (por mi daltonismo e hipermetropía sociales) comencé a notar ciertas particularidades que me llevaron a inquirir sobre la naturaleza de las famosas fraternidades y sororidades de UNC-Chapel Hill, institución que está catalogada como una de las cinco mejores universidades públicas de la nación. Algo muy concreto llamó mi atención: la gran mayoría, por no decir que la totalidad, de los miembros de estas cofradías universitarias son jóvenes blancos. Las fraternidades y sororidades de las universidades estadounidenses son un fenómeno interesante no sólo en términos de entretenimiento académico o de cultura pop norteamericana. Los nombres de estas organizaciones sugieren muy poco sobre el orden interno que las rige, de modo que Tau Kappa Epsilon o Sigma Phi Epsilon, más allá de la referencia al alfabeto griego, no dice nada con respecto a lo que ocurre en el interior de las fraternidades y sororidades más famosas en el ámbito universitario estadounidense. 

Tras una exhaustiva investigación en los sitios web de algunas de estas fraternidades y sororidades, descubrí que no cualquiera tiene el privilegio de ingresar a este ámbito fraternal elitista regido por los intereses socioeconómicos y la banalidad. Mis sospechas fueron confirmadas tras un encuentro casual con un profesor universitario argentino que fue miembro de la prestigiosa Kappa Sigma. Después de relatarme su experiencia y sus impresiones en la conocida fraternidad, Be Efe (seudónimo) me pidió que no revelara su nombre ni su ciudad de origen, salvo que es argentino y que llegó a Estados Unidos con una beca deportiva y el propósito de obtener una licenciatura en Administración de Empresas. Después ya no pudo, o no quiso, regresar al Cono Sur y terminó enfrascado en estudios de postgrado primero en Hawai y luego en Chapel Hill, donde en la actualidad labora.
          
Be Efe, cuyos ojos azules se mueven con nerviosismo, declara sin rodeos que no es fácil ingresar a una de estas fraternidades, y menciona dos factores que son esenciales para que la postulación de un candidato prospere. Como todas las esferas sociales elitistas, las fraternidades reciben con agrado a gente que proviene de familias adineradas, mejor si tienen amistades o relaciones familiares históricas con la fraternidad. Siempre ayuda a un graduado del bachillerato que su padre, actual gerente de una empresa importante, haya sido miembro de la casa: el nepotismo se celebra y hasta cierto punto se exige. Lo que a mí me parece “un club privado”, a Be Efe se le figura un sistema de relaciones sociales donde se reparten privilegios y se decantan amistades que harán que los miembros de las fraternidades obtengan un trabajo estable al completar sus estudios.
             
Con una sonrisa socarrona en el rostro, aderezado con su acento argentino, Be Efe me confiesa que estas fraternidades también son microinstituciones de segregación social. Y añade que para poder ingresar, además de tener dinero o un apellido influyente, otro requisito indispensable es ser blanco, y añade que es una gran hipocresía pensar que la sociedad estadounidense es post-racista o que ha trascendido las desigualdades socioeconómicas que aquejan a las mal llamadas “minorías” del país. A mi pregunta de quiénes seleccionan a los iniciados, la respuesta de Be Efe es simple: los mismos miembros eligen a las nuevas camadas con base en sus intereses y preferencias como grupo de élite social, y agrega que en realidad quienes integran estas selectas casas no han hecho méritos y posiblemente tampoco son individuos brillantes con un intelecto privilegiado. Be Efe describe al miembro promedio de las fraternidades de prestigio como chicos gregarios, proclives a las festividades, al alcohol y al consumo mesurado de drogas, con convicciones políticas conservadoras, blancos y con dinero familiar, que no se esfuerzan demasiado porque ya tienen el futuro asegurado. Un estudio de 2006 publicado en el American Journal of Economics and Sociology demostró que la competencia académica y las calificaciones de los miembros de una fraternidad o sororidad están por debajo de los estudiantes que no pertenecen a una de estas organizaciones; sin embargo, los miembros de las fraternidades y sororidades encuentran un trabajo bien remunerado con mayor rapidez.
       
Algunos pueden argüir que al tratarse de “organizaciones privadas” los miembros pueden establecer sus propias reglas. Estoy de acuerdo, lo único que llama mi atención es que en un país tan orgulloso de su sistema meritocrático, donde las universidades celebran los logros de cualquier calibre tanto de profesores como de estudiantes, existen fraternidades de prestigio que justo en la nariz de las instituciones universitarias burlan este principio tan hipócritamente difundido. Hay también fraternidades y sororidades para minorías, pero ya en el nombre y en el enfoque mismo de estas organizaciones se sugiere su naturaleza de choque y, hasta cierto punto, también de resistencia. Además, que hayan organizaciones para minorías no mitiga el hecho de que en las fraternidades y sororidades de prestigio, donde se reparte el pastel con más crema, la holgazanería de sus miembros sea recompensada y celebrada.
            
Camino junto a Be Efe a lo largo de una famosa avenida de Chapel Hill, donde se suceden casas de tres plantas que pertenecen a fraternidades y sororidades conocidas. Nos detenemos un momento frente al porche de una casona con un jardín impecable; en el vado hay tres automóviles BMW casi nuevos. La escena es digna de ser plasmada en una pintura realista norteamericana: un grupo de chicos, en su mayoría rubios, con la piel rosada o pálida, juega una variedad estadounidense de la petanca. Visten polos, pantalones cortos tipo caquis, zapatillas de esas que llaman de pescador; todos sostienen una cerveza en la mano y sueltan carcajadas tan grandes como el cielo. Le pregunto a Be Efe si yo hubiera podido ser parte de tan amable pintura. Sonríe, sarcástico, y me responde que lo más probable es que no, porque no soy muy blanquito que digamos… 


lunes, 11 de noviembre de 2013

II. Confesa resistencia al diario resistir, la confesión

Y comenzó con una ballena varada en una playa holandesa… Después devino la elocuencia de una fotografía, donde el pragmatismo lúdico humano salpica con su presencia el cuerpazo prehistórico del mamífero en cuya panza hallaron demasiados kilos de plástico, polímeros sintéticos ((hijos bastardos del petróleo)). La enorme evidencia de la infamia: un dedo macroscópico señalando hacia la nefasta nutrición de una ballena amanecida muerta en la costa de Helling. ¿Dónde chingados está Helling? Entonces la búsqueda y la respuesta tras unos cuantos golpes en el teclado. Falsa erudición. Conocimiento instantáneo. Memoria enclenque que retiene apenas unas cuantas instrucciones, mínimas, de supervivencia privilegiada. Y emerge de la lechosa oscuridad, de la altiva ignorancia, el nombre de Hester van Nierop, arquitecta holandesa que aspiraba (((como tantos otros, yo entre los tantos))) a cruzar a Estados Unidos para buscar trabajo. Hester evitó cruzar por Tijuana, por consejo de sus padres y por la lumbre desgraciada que los cárteles de las drogas derramaban en la Minidefectuosa a finales de los noventas. Cruzó   
                       entonces, 
                                                                             por El Paso. 
                                                                             Corrijo, 
                                                                             Hester no cruzó, 
                 LLEGÓ A CIUDAD JUÁREZ ………………………………………………………….………………………………………………………………………………………………………… el cuerpo de Hester fue hallado debajo de la cama de la habitación 121 del Hotel Plaza Consulado de Ciudad Juárez. Muerta. Muerte enferma. Desnuda. Lo innombrable inefable radical hábito que en México aceptamos la muerte crueldad su cultura de impunidad y el temor a nombrar lo innombrable inefable radical hábito que en México abrazamos el miedo temor a la crueldad y su cultura apuntando hacia nuestra individualidad y sus extensiones familiares carnales las palabras y su falso sentido comunión encuentro fortuito entre una imagen brutal y otra aún más brutal y tenebrosa y los feminicidios de Ciudad Juárez y todo México y América Latina y Estados Unidos y el diccionario no ha incorporado la palabra “feminicidio” porque la ley de los hombres impone su impunidad.
     CONFESIÓN: También fui a Ciudad Juárez con el propósito de cruzar a El Paso y llegar así a unos Estados Unidos donde ¿las oportunidades? brillan y brillan en la noche lechosa de los recuerdos. ¿Por qué duele tanto la impunidad y su congénita deshumanización? 

))))¿qué se puede hacer con el coraje y el ardor?((((