Superficial radiografía de ayer sábado: transcurrir con la pereza untada al cuerpo, moverme con parsimonia, meditar posibles desenlaces e inicios de trayectorias, salir a la calle con endeble misión; después, apoltronarme en un sillón de la biblioteca a leer artículos académicos más aburridos que didácticos o interesantes; pequeño receso para escanear el libro entero de Trabajos del reino de Yuri Herrera que, aunque ya he leído, había prometido enviar en PDF a un cuate que ni siquiera conozco en persona (intento parecer buena gente, intento persuadirme de mis posibilidades); durante mi receso productivo, una chica, que resulta ser de Ecuador, me pregunta si sé cómo usar el escáner, así que me sumerjo en otro receso productivo para mostrar a una hermana latinoamericana la magia escabrosa de reproducir documentos que yacen sobre una cama de plástico: la observo maniobrar con el armatoste y sin contener mi desesperación termino escaneando su pasaporte yo mismo, luego me alejo con el propósito de terminar con Trabajos del reino; me traslado al rincón cómodo de la biblioteca, ese con muros de ventanas translúcidas y sillones de lectura medio mullidos; me aferro a mi asiento y me pongo a leer, de forma casi maquinal, tomo notas, comienzo una novelita que semeja el boceto de una colección poética, ensayo lo mío, lo mío me aqueja, lo mío me hace parecerme demasiado a mí mismo, me canso de lo mío, es tarde, afuera la noche se tira un pedo oscuro, una voz de mujer anuncia por el altavoz que la biblioteca cerrará en diez minutos; hago mi maleta, me amarro la bufanda al cuello, me imagino colgando del cuello del roble que más me gusta frente a Dey Hall; en el cielo parece que hay luna, algo se ve, intento regresar a lo mío, así que me cuento historias en voz baja, ensayo diferentes maneras de caminar, cuya diferencia sólo yo puedo discernir; hace un frío de la gran puta, así que acelero el paso, mi cuarto de alquiler con luz suave y libros y colores en las paredes parece un lugar sensato para transcurrir la noche; allá, en esa sensatez cálida, me entrego a mansas ensoñaciones, como el guiso de bacalao que preparé la otra noche, bebo un vaso de vino, miro al Atlante ganar 1-0 al Pachuca, aunque no puedo prestar atención a las acciones sobre el terreno de juego, me interrogo, más bien, sobre la sensación que podría invadirme si me colgara de un roble, el pensamiento es sólo doloroso en mi cuello, así que no desisto y persevero; después lo irremediable, mi buen amigo Tahsin me dice que salga con él y su amigo (un brasileño) y el amigo de su amigo (un panameño) a la calle fría para luego meternos a un sitio donde la gente baila, digo que no, pero luego el brasileño y Tahsin están a un lado mío diciéndome que no puedo pasarme el sábado sentado mirando a través de la ventana y escuchando mi música depresiva; me aferro a la idea de mi roble, pero sus voces no paran de recriminar mi insensatez; digo que sí, carajo, sí, vamos a matar nuestro espíritu a ese lugar que ustedes dicen; me siento narcotizado, voy en un automóvil con tres tipos en cuya mente se dibuja la posibilidad de saciar sus deseos reprimidos de machos en ese lugar que ellos llaman “club”, me río como loco de sólo imaginar sus pensamientos, el brasileño replica gritando, casi eufórico, que parece que ya me estoy divirtiendo; me vuelvo a reír, pero esta vez en silencio, me dejo llevar por cualquier cosa, lo mío es el ensueño, no aferrarme a la posibilidad de saciar mis ansias de macho…; llegamos al lugar, un sitio que me da risa: hay una fila nutrida de tipos y tipas de veinte años, estudiantes de licenciatura, juventud anonadada ante sus ansias; el panameño me pregunta si creo que podrá levantarse a una chica: creo que abrí los ojos como desquiciado y balbucí algo inaudible, todo lo termino con una sonrisa, así que el panameño también sonrió, sin prestar atención a la confusión de mi rostro; Tahsin y el brasileño tienen el mismo plan, en sus ojos y labios se adivina, yo me limito a pensar en mi roble y la pedorrera de la noche, aquello no puede estar pasándome a mí; en el interior del lugar, una avalancha de juventud remeda un baile que al instante llamo fusión: mezcla de lambada, techno y electrónica; miro con rapidez en derredor, calibro fisonomías, descubro el rostro de dos antiguas estudiantes mías, por eso me avergüenzo, aunque sin ruborizarme, pero vuelvo a decirme que aquello no puede estar pasándome a mí; mis tres acompañantes comienzan a beber, los observo y aquello me da risa, piensan que estoy drogado, la felicidad fácil no existe en un sitio como ese ((me digo con voz de adulto que sólo beberé una Guiness, me dedicaré a analizar el extraño baile que llevan a cabo sobre la tarima y, por amistad, cuidaré a mi amigo Tahsin, quien con tres cervezas Corona cae pedo como un paraguas)). Y eso ocurre, termino mi Guiness y pronto estoy en la tarima, entre humos artificiales y luces, cubierto de una música iterativa con resquicios de sensualidad; en derredor las chicas bailan como si estuvieran cogiendo de pie, golpean el aire con sus traseros y se exprimen el torso con las manos, cierran los ojos, por eso a veces rozan mi cuerpo que intenta entregarse al recuerdo de la música electrónica que más me gusta; los chicos están como pasmados sobre la tarima, casi todos observan, algunos se acercan a sus amigas e intentan apretar su cuerpo contra el de ellas, aquello es una bacanal pueril, ilusa, sin ningún propósito; pienso en las diferentes conversaciones que podría tener con mi roble, porque en la tarima nadie habla, todos transcurren transidos en su pasmo o placer; después de una o dos horas, la borrachera prima en el lugar, Tahsin está a mi lado quejándose de que las chicas sólo bailan con chicos de su mismo color de piel, me encojo de hombros, esa es una cuestión que ya no me concierne, que ha dejado de quitarme el sueño, lo mío es el roble, su altura, el frío que imagino descansa en las ramas más altas; he mirado al panameño intentar acercarse a varias chicas, el tipo aprendió relativamente rápido el paso inicial: uno tiene que acercarse por detrás de la chica y poner suavemente la mano derecha sobre su abdomen y apretar al paquete contra su trasero, invariablemente todas las chicas se alejan del panameño, quien ahora baila solo como un alacrán, no sé por qué me apena un poco su situación, o las intensiones detrás de su situación…; a la una a eme, le digo a Tahsin (que sigue borracho y quejándose de la concurrencia) que me voy a ir (me vuelve a preguntar qué me metí, que he estado bailando muy tranquilo… su pregunta me da mucha risa), “¿a dónde?”, pregunta, digo que a OCSC, que me gustaría hablar con Ruy para volver a tener un poco de fe en la gente (cada vez que hablo con Ruy recupero esa fe, mi instinto humano regresa a mí e incluso llego a olvidar un poco mi roble y su altura glacial); Tahsin me ruega permanecer con él, me dice que a las dos podemos irnos, le digo que no mame, pero que me quedaré sólo porque ya está muy borracho; el sitio es aburrido, nadie habla, sólo se repite el bailecito ese de las chicas cogiéndose al aire y de los chicos pasmados en masturbaciones tristes e iterativas, musicales, más que una bacanal pueril, aquello es un boceto del onanismo, no está mal, pero no es lo mío...; a las dos, Tahsin y yo salimos del “club”, ni siquiera dije adiós al brasileño y al panameño; hace un puto frío ardiente, Tahsin dice que no hace frío, le digo que no lo siente porque está borracho, después me burlo a carcajadas de él por haberse emborrachado como niño con cinco Coronas… Camino a casa nos detenemos a comer algo, ahí me lamento de la suerte que me alejó de OCSC, me hubiera gustado mucho escuchar la voz chilena de Ruy, escucharlo hablar sobre los robles y las alturas; llegamos a casa, le pregunto a Tahsin si se siente bien, dice que sí, “órale, carnal, entonces ya duérmete”, le ordeno; cierro la puerta de mi cuarto de alquiler y observo la luz suave, cálida, y percibo un familiar olor a roble quemado, no es nada, por supuesto, sólo mi intuición; me dejo caer en el sillón y la imagen del roble crece en mi pensamiento, pero la música esa del “club” transfigura el silencio del roble… Ya debo estar dormido, porque me veo colgando, con la bufanda amarrada al cuello, de la altura de mi roble, y en derredor la juventud baila bajo el abrigo de un sensual pesimismo.
domingo, 16 de febrero de 2014
jueves, 13 de febrero de 2014
POSTAL (-cinemática-) de febrero
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miércoles, 5 de febrero de 2014
TRAYECTORIA- - - -DEL- -FRACASO- - - - - - - - - - -
(… se sugiere escuchar las rolas, adjuntas abajo, mientras se lee. Nota de Autor.)
No pretendo hacerme pasar por un pseudo musicólogo ni por un crítico de música principiante. Esta es sólo la impresión (cuyo objeto de observación es una de mis debilidades de la música pop) que tengo con respecto a dos rolas de Radiohead consabidas e, incluso, estereotípicas de la banda inglesa: “Creep” y “Nude”. Si consideramos que entre el lanzamiento de las dos canciones hay dieciséis años (aunque la historia cuenta que “Creep" es del 92 y que “Nude" fue escrita en 97, lo que hace pensar que en cuanto a diacronía no hay demasiada distancia entre las dos) podemos ubicar una detallada trayectoria entre las dos rolas, es decir, tiempo suficiente para transcurrir el fin de la adolescencia y llegar a los treintas ya como sombra de lo que el niño una vez fue. Todos los proclives al rock británico hemos escuchado “Creep”, una rola que justifica, junto con Nirvana y un puñado más, que la década de los noventa fue un soberano desmadre cubierto de un desencanto estéril y vanidoso. Y ahí estaba “Creep” para razonar y promover el delirio de una adolescencia contaminada por los residuos del amor ochentero: “I wish I was special / You’re so fucking especial”: helo ahí el lema del rogón torturado por su condición de poetastro: un tipo embotado de juventud, con jirones de adolescencia aún en el coco, que se intuye a sí mismo como un proscrito de su tiempo: es el clásico que leyó a Nietzsche en el metro y lloró rodeado de una multitud indiferente: es el que se hinca de pie, por orgullo, para reclamar su rebanadota de amor, por eso dice: “I want you to notice when I’m not around”. La letra misma de “Creep” evidencia aún cierto desorden y confusión en cuanto a un propósito concreto, bien definido. Se trata de una letra fabulativa en forma de cascada que se precipita hacia la explosión axiológica y, en suma, hacia la declaración iterativa de las más elevadas aspiraciones: “I do not belong here / I do not belong here”. El cabrón termina negando su pertenencia porque le produce gozo el aislamiento, sin intuir que esta postura bulliciosa lo convierte en átomo elemental y necesario para construir los noventas. “Creep” anuncia que el ARRASTRADO/ORGULLOSO/CHILLÓN aspira a consumarse en la no-pertenencia y en el amor al autoboicot, su vocación es romántica y afiladamente cursi, es decir, una nube encabronada buscando su lugar en la bóveda celeste del siglo XIX.
No pretendo hacerme pasar por un pseudo musicólogo ni por un crítico de música principiante. Esta es sólo la impresión (cuyo objeto de observación es una de mis debilidades de la música pop) que tengo con respecto a dos rolas de Radiohead consabidas e, incluso, estereotípicas de la banda inglesa: “Creep” y “Nude”. Si consideramos que entre el lanzamiento de las dos canciones hay dieciséis años (aunque la historia cuenta que “Creep" es del 92 y que “Nude" fue escrita en 97, lo que hace pensar que en cuanto a diacronía no hay demasiada distancia entre las dos) podemos ubicar una detallada trayectoria entre las dos rolas, es decir, tiempo suficiente para transcurrir el fin de la adolescencia y llegar a los treintas ya como sombra de lo que el niño una vez fue. Todos los proclives al rock británico hemos escuchado “Creep”, una rola que justifica, junto con Nirvana y un puñado más, que la década de los noventa fue un soberano desmadre cubierto de un desencanto estéril y vanidoso. Y ahí estaba “Creep” para razonar y promover el delirio de una adolescencia contaminada por los residuos del amor ochentero: “I wish I was special / You’re so fucking especial”: helo ahí el lema del rogón torturado por su condición de poetastro: un tipo embotado de juventud, con jirones de adolescencia aún en el coco, que se intuye a sí mismo como un proscrito de su tiempo: es el clásico que leyó a Nietzsche en el metro y lloró rodeado de una multitud indiferente: es el que se hinca de pie, por orgullo, para reclamar su rebanadota de amor, por eso dice: “I want you to notice when I’m not around”. La letra misma de “Creep” evidencia aún cierto desorden y confusión en cuanto a un propósito concreto, bien definido. Se trata de una letra fabulativa en forma de cascada que se precipita hacia la explosión axiológica y, en suma, hacia la declaración iterativa de las más elevadas aspiraciones: “I do not belong here / I do not belong here”. El cabrón termina negando su pertenencia porque le produce gozo el aislamiento, sin intuir que esta postura bulliciosa lo convierte en átomo elemental y necesario para construir los noventas. “Creep” anuncia que el ARRASTRADO/ORGULLOSO/CHILLÓN aspira a consumarse en la no-pertenencia y en el amor al autoboicot, su vocación es romántica y afiladamente cursi, es decir, una nube encabronada buscando su lugar en la bóveda celeste del siglo XIX.
“Nude”, por su parte, tiene muchas semejanzas con respecto a “Creep”, pero ya desde los títulos se puede intuir que el arrastrado/rogón/arrogante ha llegado a un punto en el que lo ha perdido todo y su desnudez es palpable. La letra de “Nude” es más breve y su última estrofa, de un solo verso (“You’ll go to hell for what your dirty mind is thinking”), representa el fin de la no-pertenencia, se reconoce la existencia de un infierno trascendental/teleológico y se asume una moral de anulación del pensamiento. Ya no hay grandes aspiraciones y esto se declara desde el principio como una sugerencia imperturbable (“Don’t get any big ideas / they’re not gonna happen”). La voluntad de la voz plañidera y trascendental que escuchamos en “Nude” significa la derrota del chaval todopoderoso que no pertenecía en “Creep”. El tipo de “Nude” es un webón asfixiado por su derrota, por no haber sido capaz de recorrer la no-pertenencia bajo el dictamen de la moral del granChingón, del chingonazo vergaArdiente… Lo que no pasa inadvertido es que ambas voces, el par de Creep-Nude, son arrogantes y orgullosos, les encanta catapultarse en las cuerdas más tensas del cuadrilátero, ambos quieren caer y hacerse mierda, pero el rogón de “Creep” quiere aterrizar en el fondo de su derrota con el mundo entre las manos, mientras que el lacrimoso de “Nude” quiere permanecer en el fondo de su inmovilidad con las manos atadas por la espalda. Acaso en la línea del mero centro de “Nude", la que parte la canción en dos, como ombligo biliar, versa un pernicioso alegato: “Now that you’ve found it, it’s gone”: porque la voz de “Creep” tiene el designio de hallar, de abrazarse al encuentro de su destino hasta reventar de placer, pero la voz de “Nude” ha perdido la voluntad y suprimido sus aspiraciones de encontrarse con su destino, o lo encontró sin darse cuenta; como sea, el destino se ha ido. En todo caso, y desde mi silla de crítico de música principiante, entre “Creep” y “Nude” he trazado tantas veces la perfecta trayectoria del fracaso, de hallarme de pie en una explanada donde mi mera presencia produce un catatónico repiqueteo fluvial: has fracasado tras perseguir tu propia trayectoria…
sábado, 1 de febrero de 2014
ESTAMPA DE UN LIBRO DE Yuri Herrera
Libro que se puede leer como una sucesión de parpadeos y que recuerda una sombra tallada con un cincel de flama leve pero punzante. Es el libro de una travesía, de una piedra que se pierde en la distancia impulsada por la tensión libre de una resortera. Es el libro de Makina, la mujer de los mensajes, la mujer que cruza, la mujer que huye, la mujer con los huevos suficientes para subrayar la humillación. En Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera teje algo que llega a parecer una sinfonía (aunque quizás se trata más bien de un danzón) y donde las tenazas y los instantes son los metales que dominan. ¿Qué relación, secreta o desvergonzada, sostienen la muerte y el silencio? ¿Entre no saber una lengua y el prurito irreprimible de hablar? El lector hallará en esta brevísima odisea (que se precipita en mise-en-abyme en el canto, zarandeado por el viento, que compartimos los de aquí y los de allá) un libro que anuncia el fin de un mundo que sabemos periclitado, pero al que todavía no renunciamos a volver a sentenciar.
sábado, 18 de enero de 2014
Vedettes (vieja ficción recuperada)
(Se llamaba Enriqueta Scott)
He tenido muchos
nombres a lo largo de mi vida. Una mañana, o una noche, sin que yo supiera los
motivos, de Lucía Jerez pasé a llamarme Olivia Serrano y luego Olga Izquierdo y
siguiendo esta secuencia de mutaciones imposible de detener hoy he despertado como
Enriqueta Scott. A esta serie de cambios, casi inevitables, debo añadir que mi
vida ha sido triste. Mi madre, esa mujer desconocida desde el principio, quedó embarazada (según cuenta la leyenda familiar) en una
alberca, cuando un espermatozoide (la mitad de lo que ahora soy) en su
esfuerzo natatorio terminó acurrucado en uno de los óvulos de mi progenitora (la otra
mitad de lo que ahora soy). ¿Mi padre? Pudo ser cualquiera de los
tipos encorsetados en un diminuto traje de baño, sepa cuántos
llevan a cabo sus prácticas onanistas bajo el agua. Pero una cosa es la realidad
y otra muy diferente las leyendas familiares, por eso aunque he vivido bajo el
marbete de innumerables identidades, estoy más o menos convencida de que mi padre
fue un violinista polaco que tuvo que emigrar a México apurado por las
atrocidades de los nazis. ¿Qué hacía un violinista polaco masturbándose en la
alberca de un balneario? Esta pregunta ni mi madre ni mi padre podrían
responderla; las leyendas son así, como el deseo, es decir, una pregunta a la
que nadie puede responder.
Los primeros años de mi vida no fueron
nada extraños, pero, como tenemos tiempo, quisiera referir algunos episodios que
a mí me parecen un poco interesantes. Una mañana, habré tenido seis o siete
años, encendí el televisor y en la pantalla adquirió consistencia en blanco y
negro la imagen de un par de equinos copulando. Aquello no duró ni un par de
parpadeos, pero al mirar los ampulosos y nerviosos embates del caballo sobre la
yegua, una especie de dulzona repulsión comenzó a anidar cerca de mi oído izquierdo. Durante años, después de
ser testigo de aquella forma de amor equino, mi disgusto permaneció mezclado
con la incertidumbre y, sobre todo, con la impaciencia. Otro detalle: desde
aquella mañana, dejé de mirar el televisor, y su presencia sólida de armatoste
inseparable de la sala/comedor llegó a causarme
un intenso resentimiento. Años después cuando debuté en la “pantalla chica”,
pese a que mi espectáculo resultó a pedir de boca, no pude dejar de lamentarme
en mi camerino del lugar adonde el trabajo y el servicio me habían llevado.
Aquella noche bailé mambo acompañada de una orquesta inolvidable y un grupo de
espléndidas coristas. Es increíble que en medio de aquellas mujeres, igual de
voluptuosas que yo, fuera yo la única estrella con un nombre bien definido.
Este trabajo es así: rostros y piernas desfilan frente a una sin llegar nunca a
conocer sus nombres. Recuerdo algunas Rositas y Claudias, quizás alguna Manola,
pero más allá de esto debo afirmar que he bailado siempre entre desconocidas.
lunes, 30 de diciembre de 2013
Confesa resistencia al diario...

Llegué a la Gare d'Austerlitz a las siete de la mañana procedente de la Estación de Sants de Barcelona. Estaba nublado y lo primero que hice fue buscar con el olfato al Sena, persuadido, como tantos otros, por mis lecturas de autores franceses decimonónicos: Gautier, Baudelaire, Rimbaud, Huysmans... Cuando miré las aguas rancias y grises del Sena por primera vez, saboreando la quiche de espinacas que había comprado en un mercadillo a un lado de la estación de Austerlitz, no imaginé que iba a recorrer, de sur a norte, ese río lánguido todos los días durante una larga temporada. Mis esperanzas no tardaron en desvanecerse, igual que mis ahorros, ignorante de que el París al que llegaba hacía muchísimo tiempo que había desmenuzado y digerido la poesía: lo que llevaba en el bolsillo apenas me duró para medio comer unos días; de pronto, ansioso y aterido por la imposibilidad de encontrar a un amigo cibernético que había prometido proporcionarme alojamiento, me acostumbré a tumbarme a dormir en los parabuses cerca de la estación de Austerlitz. Así fue como dormí aquella larga temporada, mi primera en París, aferrado, con maña, a la evasiva de regresar a México antes de lo proyectado... Me apreté a la calle, que fue fría y poco amable, por dos motivos: el primero, que no sabía si iba a poder regresar a París otra vez, la oportunidad estaba frente a mí, no como la deseaba, pero ahí estaba; el segundo motivo, pues que a mis veinte años ya tenía ciertas pretensiones literarias, por lo que la calle parisina me pareció en aquel momento una etapa forzosa en el largo camino de la escritura. Esto es una falacia, o creo que es una falacia, lo de la calle y la escritura... Además, durante todo el tiempo que trajiné de la Gare d'Austerlitz a la Gare du Nord, no escribí nada, no pude escribir nada. Transcurría casi todo mi tiempo domando el hambre, que había afincado su residencia de manera permanente en mi cuerpo, dormitando en las bancas de jardines y parques, y acostumbrado, con enfermiza inocencia, a no perder mis pertenencias, que, resumidas, resumo así:
-Lo que llevaba puesto:
botas,
pantalón,
camiseta,
reloj de pulso
y suéter abrigador.
-Una mochilita azul marino, adentro:
una vieja cámara fotográfica semiautomática Minolta de 35 mm (reliquia familiar),
cepillo y pasta de dientes,
rastrillo y jabón,
frasco de crema para las manos,
una toalla
y una camisa del París Saint-Germain.
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La toalla de poco me sirvió, pues en varios meses sólo pude ducharme una vez, justamente en los baños/regaderas de la Gare d'Austerlitz, estación que se convirtió en mi punto de autoencuentro. (Una noche, ya cuando comenzaba a hacer frío, más flaco que una vara y más solo que un encabronado aullido, invadido de desesperación, en aquel momento con un hambre incisiva y deseoso de dormir en una cama, cansado de llevar mi mochilita azul en la espalda como un soberano pendejo, desilusionado del Sena y Notre Dame, abandonado frente a mi propia arrogancia juvenil, delirante al punto de creer que todos mis problemas y mi falta de sueño se debían a mi diario ejercicio de cargar la toalla y el frasco de crema, los tiré a la basura, en uno de esos contenedores de acero estilizado que hay en los pabellones exteriores del Louvre. Me quedé sin toalla y sin crema para las manos, y quería culpar a alguien, pero no tenía muchas fuerzas para pensar, así que caminaba y miraba, a ratos, las aguas grises del Sena y la torre esa famosa que despuntaba en la distancia infalible de París). Conocí sólo a dos personas, Kanu, un nigeriano que buscaba la manera de ir a Madrid a reunirse con su hermana (quien le ayudaría, según él, a encontrar trabajo, pese a que no sabía ni siquiera decir "hola" en español) y a Rafelito, un dominicano que se unió a Kanu y a mí durante sólo una noche; la historia de Rafaelito es breve así que la contaré: Kanu y yo estábamos sentados, dormitando, en la estación de Austerlitz y el tal Rafaelito, vestido de límpido blanco, aguardaba desesperado junto a nosotros. Llevaba tanto tiempo sin hablar en español con alguien que no fuera yo mismo, que me animé, por su apariencia, a preguntarle si hablaba español. Me explicó con rapidez que había llegado a París por la tarde y que a las cinco de la mañana tenía que tomar un tren para ir a España, según él a pasar unas vacaciones que iba a sufragar con lo que obtuvo tras la venta de su coche allá en la República Dominicana; describió el auto como un tremendo sedán con toda clase de añadiduras apantallantes: alerones, un estéreo con gran sonido, llantas más redondas que el planeta Tierra, etcétera... En fin, que el pinche Rafaelito iba a estar ahí por unas cuantas horas, así que esperaba, impaciente, deseoso de llegar a Madrid para comenzar con las vacaciones de su vida, porque, como dijo un par de veces, su sueño era conocer la capital española. Le pregunté si había estado antes en París, negó, y sin dilaciones le propuse llevarlo, por lo menos a que mirara Notre Dame y el puto río Sena, a cambio, claro, de que nos comprara a Kanu y a mí un bocadillo de jamón y una rebanada de pizza. Cruzamos el Bulevar del Hospital, conseguimos las provisiones, y encaminamos a Rafaelito hacia Notre Dame (nos hicimos una foto en el camino, adjunta abajo)... La historia de Kanu es más compleja, por eso no la contaré en este momento: pasamos juntos varias semanas, lo encontré, también, en la estación de Austerlitz, y le ofrecí un pedazo de chocolate y un trago de leche (mi desayuno-comida-cena del día), tomó el chocolate y rechazó la leche. Hablábamos en un inglés difícil, era común que no nos entendiéramos, y siempre caminaba detrás de mí: lo esperaba, le decía que caminara junto a mí, asentía, pero progresivamente me perdía el paso hasta recobrar la distancia que nos separaba en nuestras caminatas cotidianas. Mi triunfo fue hacerlo beber leche... Toda esta confesión viene hoy a cuento porque hallé, otra vez, fotografías viejas en el interior de un libro en la casa de mi madre, esta vez de Georges Perec (qué manía la de esconder fotos en los libros, y es obvio que mis padres no hojean los libros que dejé atrás...).
martes, 10 de diciembre de 2013
III. Confesa resistencia al diario resistir
Desde hace algunos días no para de llover ´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´´ el agua escurre por las canaletas del tejado, puedo escuchar los chorros caer y deshacerse en los alféizares, embarrarse en los vidrios de las ventanas, y me parece que se trata de una lluvia que nunca cesará, como aquella que me recibió en Portland hace ocho años, una noche deformada por el tedio de la espera, que poco a poco me empujaba hacia una oscuridad húmeda, rayada por las agujas sesgadas que caían de un cielo pardo, donde ni las nubes ni el atisbo de la divinidad lograban hacerse un hueco. Recuerdo otras lluvias, chubascos, chaparrones, tormentas, lloviznas, resbalones sustanciosos sobre el cemento bruñido de una cancha de basquetbol de una periferia de la ciudad de México, pero viene a mi memoria en este instante, como dulce tormento, o canción de cuna que oprime el pecho, una noche, la última, que pasé en Playa del Carmen, cuando pensaba que mi juventud era inagotable y, por tanto, podía arrogarme el falso lujo de aprovecharme de ella. No recuerdo el mes, o quizás sí lo recuerdo pero no quiero mencionarlo, desde el terrario, colonia, llamado El Ejido, habíamos corrido hasta el mar, una noche lluviosa que, empero, dejaba ver en la distancia la lumbre artificiosa de Cozumel. No recuerdo quién tuvo la idea, en situaciones como aquella eso deja de importar, el caso era que nos sumergíamos en el agua, turquesa ante la luz del sol, negra bajo el reflejo mortecino de la luna ausente, dejando que nuestros cuerpos flotaran en un mar picado de granos de lluvia, semillas, acaso, que se estrellaban en nuestro rostro sin dejar cicatriz evidente aunque profunda. Quise imaginar que un tiburón nos iba a tragar, mejor que nos hubiera tragado, o me hubiera tragado, para llevarme a las profundidades marinas en partes, destrozado, semilla yo mismo, carmín disuelto entre aguas dulces y saladas, pero mi imaginación fue un débil aleteo que sucumbió al influjo de mis ansias, nuestras ansias, por salir de aquellas aguas en una sola pieza, de cuerpo entero, de esperanza compacta y juvenil. Al día siguiente, temprano, nos subimos a un autobús ADO y tras veinticuatro horas llegamos a la ciudad de México, regresamos, armados con un poco de valor, con pesos suficientes para subirnos a un avión hacia ese lugar que llaman la ciudad de las luces. Llegamos a París de noche, colmados, aún flotando sobre el mar picado de Playa del Carmen, con las pupilas inflamadas por la lumbre nocturna de Cozumel. Nos separamos, después de un tiempo, que en la memoria parece breve, pero luego yo también regresé, convertido en un nosotros, es decir, acompañado, inundado de otras luces, de otros silencios, con una esperanza novedosa, delirante hasta el día de hoy en que he apretado demasiado mi puño y la luz revienta en innumerables esquirlas que, ahora, después de ires y venires casi anecdóticos, se transforman lentamente en una lluvia nueva, en un llanto que convoca la memoria de una noche transcurrida, boyando, sobre el agua tibia del Caribe mexicano, bajo una tormenta que aún cae, dócil, en un rostro cubierto de juventud desfigurada:
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