miércoles, 8 de abril de 2015

THE BLACK CRITTER by Mario Levrero (Uruguay)



I OPENED THE DOOR OF THE APARTMENT to head out, and a black and hairy critter snuck rapidly inside; too big for a spider, I thought. It had to be a small dog, a little puppy. I closed the door and started to search for it; it had already hidden. For a while I couldn't find it. Finally, when I moved a couch, it ran like a bullet and hid again. I armed myself with patience and kept looking around, but I got tired of searching. So I left the apartment because I had to go out. When I came back, two hours later, the critter was still hiding. I put a bowl in the floor of the kitchen and poured a little milk in it. I sat on one of the living room couches and stayed still, waiting. From there I was able to see the door of the kitchen and the plate on the floor. It is sure to show up at some point, I was thinking.

And it did show up, much later, moving with caution; it came from the hallway that connects to the bedroom. It entered the kitchen but didn’t care for the plate of milk. It moved fast and with great lightness, almost as if it was floating, exploring the kitchen, which it evidently couldn’t have explored while I was gone because the door had stayed closed. Then it came out from the kitchen and, from its position near the door, glared at me. I say that it was glaring at me, but I don’t know how it did it, it was so hairy that its eyes were not visible. It looked to me as if it didn’t have eyes. Nor did I see its legs; it seemed as if it was just a ball of dough covered with black hairs. 

When I went to bed, I closed the door so that it didn’t sneak inside. I never close that door because I like to feel the air circulating in the bedroom, and with the door shut I feel something akin to asphyxiation, even though a random current of air always enters through the window joints. When I woke up the next day, the critter was on the bed, at the foot of the bed; it was rolled up on top of the blanket. I thought that I was going to catch it while it was sleeping, and I wondered what I was going to do with it when I caught it. But as soon as I moved, it moved too, and it slid rapidly under the door. It is a wooden door, not made of metal like the one in the kitchen, and there's almost a finger of light between the floor and the bottom of the door. So I understood that it wasn’t a dog. It was just hair. I proved that later to myself, looking at it against the light while it was moving on a windowsill; there wasn’t a proper body, or legs, or eyes. It didn’t eat or drink either. And I don’t know if it used to sleep, or if by night it simply got comfortable by the foot of the bed searching for company. It didn’t even look for warmth, because it used to stay far from my body.  

It never stung me, nor bit me, nor inflicted any harm upon me; but we didn’t become friends, either. Every time I tried to get close, it would move fast to get out of my reach. After a few attempts, I stopped trying. It will come to me itself, I thought, but it never came. 

During the couple of years that the critter stayed at my house, no one else saw it; not even the worker, who used to come twice a week, during one of her thorough cleaning sessions. I don’t know where it used to hide. The people that came over never felt its existence, and neither did the women that occasionally stayed for the night; those nights the critter didn’t show up in the bedroom. And the next day it didn’t show any signs of  resentment, nor had it changed in any way its quotidian behavior. 

One summer afternoon it was resting on the biggest windowsill of the living room, its favorite place. The other windows were also open, on account of the heat. There was a sudden gust of wind that fed a strong current of air into the apartment, and the critter was blown away; it navigated over the roofs, going away, and then it would slowly descend, and another gust of wind would push it up again, making it change its direction.

I followed it with my eyes until I stopped seeing it. 








Translated from the Spanish by Francisco Laguna-Correa




miércoles, 18 de febrero de 2015

ESTELA DEL FUEGO QUE SE ALEJA de Luis Goytisolo


Afuera casi todos los objetos están cubiertos de nieve. Hebras de color blanco caen desde arriba sin parar. Se trata de una llovizna helada que no cesa. Salgo a la calle. No tengo ningún motivo específico para salir. Aterido en busca de refugio, entro a una librería donde no espero hallar ningún libro en español. De manera automática, comienzo a buscar en los anaqueles el libro de Ben Okri que hace una semana me recomendó una chava que escribe poesía. Quienes hayan entrado a esta librería saben que el orden de los anaqueles obedece a un sistema organizacional regido por el desmadre. Entre el desmadre de libros, bien ordenados en los anaqueles, vislumbro el lomo de una edición primigenia de Anagrama. Se trata de ESTELA DEL FUEGO QUE SE ALEJA de Luis Goytisolo. Dejé de comprar libros nuevos de Anagrama desde hace varios años. Y las novedades editoriales de la ahora canónica editorial catalana han dejado de suscitar el furor que me provocaban cuando tenía diecinueve años. Pero se trata de la primera edición del número 3 de la colección Narrativas Hispánicas, esa que comienza con EL HÉROE DE LAS MANSARDAS DE MANSARD de Álvaro Pombo y VALS DE MEFISTO de Sergio Pitol; en la solapa trasera de la novela de Goytisolo, se puede leer el plan de Jorge Herralde. Se trata de un plan maestro:

“En preparación: 
Alvaro Pombo, El hijo adoptivo
Eduardo Alonso, El insomnio de una noche de invierno (Premio Azorín)
Pere Calders, La ruleta rusa y otros cuentos (Prólogo de J.M. Castellet)
Paloma Díaz-Mas, El rapto del Santo Grial
Enrique Vila-Matas, Impostura
Ricardo Cid Cañaveral, M-30
Edgardo Cozarinsky, Vudú Urbano (Prólogo de Guillermo Cabrera Infante)
Valentí Puig, Mujeres que fuman”.


… un plan maestro. ESTELA DEL FUEGO QUE SE ALEJA tiene una dedicatoria de puño y letra del autor: “Para Stephen Summerhill, en recuerdo de nuestro mutuo buen entendimiento. Luis Goytisolo, Mayo, 1984”. Ya en casa busco en Google quién podría ser Stephen Summerhill. Los resultados de la búsqueda los encabeza “Stephen Summerhill. Associate Professor Emeritus Iberian Studies. Emeritus Faculty. Areas of Expertise. Literary Theory; Literatures & Cultures of Spain …”. Se trata de un profesor emérito de la Ohio State University, en Columbus, sólo a un par de horas de Pittsburgh. ¿Cómo ha llegado este libro, que escribió un catalán en español y que luego dedicó a un profesor gringo de literatura española, a las manos de un mexicano del D.F. que vive en Pittsburgh igual que podría vivir en Chapel Hill o Portland o Madrid o Praga o San Cristobal de las Casas o Lisboa o Playa del Carmen? Sé que parece una mamada, pero cuando observo el libro grispardo de Goytisolo acurrucado en mi escritorio, pienso que en sus páginas hay mucho más que una novela. ¿Puedo apropiarme de esta novela o se trata de una novela ya con punto final? Afuera la llovizna helada ha sido reemplazada por robustos copos de nieve. Antes que anochezca, todos los objetos inmóviles allá afuera estarán totalmente cubiertos de blanco.

-Febrero 18, 2015, Pittsburgh, PA




viernes, 30 de enero de 2015

RÉPLICA que complementa la réplica de Lázaro David Najarro Pujol a Luis Marcelino Gómez (El Peor)

http://www.archivocubano.org/najarro_71.html


Hace tiempo leí esta entrada del blog, poco nutrido, del señor Lázaro David Najarro Pujol, ciudadano de Holguín (el mismo sitio donde nació el peor de los escritores: Luis Marcelino Gómez). Envié una breve misiva a don Lázaro Najarro, que aquí hago pública. (Sostengo todo lo que digo en mi mensaje; sin embargo, pido que lean con humor donde mis palabras sugieren que soy un orate tiramierda…). 





Estimado señor Lázaro:

He leído con desconsuelo la elocuente manera en que ha puesto en su sitio al señor Luis Marcelino Gómez, a quien conozco y de quien fui amigo hasta que me inscribió, como a usted, en su lista negra. Me desconsuela la miopía histórico-social de Luis Marcelino. Su cobardía también. Estoy seguro de que ha perdido la cabeza. Luis se ha vuelto loco, de locura clínica. Me desconsuela, además, la manera en que intenta desprestigiar a la Revolución y a Fidel Castro en territorio yanqui. Luis Marcelino sólo quería ir a París... Pobre idiota, renegar de un valor inmenso como la Revolución por un paseo con correa en cuello por la pútrida Europa, cuna de las decadencias occidentales... La Revolución Cubana ha sido y es aún referencia de quienes aspiramos a la libertad. La vida en Estados Unidos, donde yo vivo igual que Luis Marcelino, no es revolucionaria en ningún sentido. Soy mexicano, pero me gustaría haber nacido cubano para vivir en Holguín. Hay que ser un iluso para creer que viajar a Francia o Israel es motivo suficiente para autodenominarse libre. Extraña libertad la de un loco que reniega de lo que es y de su Cuba. Extraña libertad la de un cubano, un latinoamericano, que renuncia a tener valor. Luis Marcelino es un loco medroso que anda por el mundo diciendo que es judío y que sus padres vinieron de Sion. ¡¡Loco!! 

Felicito su labor, estimado Lázaro. ¡Viva la Revolución!

Atentamente,
Francisco Laguna Correa

(autorizo el uso del contenido de mi mensaje para lo que usted desee). 

p.s. Pese a estar en la lista negra de Luis Marcelino, aún me considero su amigo y espero, con el corazón, que su locura y su miopía se disipen. ¡Saludos a "El Peor”! 






domingo, 7 de diciembre de 2014

RÉQUIEM PARA LOS INFELICES: borrador (II)

Ahora mi hermano es pequeño. Cuando yo era pequeño, mi corazón era más grande que el suyo. Mi madre me tomaba entre sus brazos y me decía Mi amor, tú eres todos mis sufrimientos. Todos los niños del edificio me envidiaban, porque mi madre me amaba más que sus madres a ellos. Y si el mundo intentaba matarme, mi madre estaba junto a mí. Cuando nací, mi primer juguete fue un hacha. Con el hacha hice un bote de vela. Cuando muera, porque moriré, quiero que la vela de mi bote sea el rostro de mi madre. Mi mamá me llevará de la mano como la corriente conduce a un bote fatigado. Sólo así podré amar, mi amor, escúchame y perdona mis temores. Allá, cuando muera, el amor ya no será amor y nuestras penas dejarán de ser penas. Cuando mi hermano nació le di mi hacha; en las paredes de nuestra habitación aún hay cicatrices frescas. Tengo un hermano, lo sé, y él descarga toda la ira de su hacha contra mi cuello. Reviento, soy una manada de esquirlas, y me pierdo en el mundo. La soledad del mundo me abruma tanto que ya no quiero estar solo. Cuando sea grande, seré más grande que una ballena; entonces le diré a todo el mundo lo que pienso y el mundo me escuchará sólo a mí. Construiré una cabaña sobre la cabeza de una montaña, y mi cabaña tendrá un balcón enfermo, y desde ahí tocaré la negrura tibia de la noche. El hacha, allá lejos, perderá su filo o el filo del hacha será inútil, porque cerca de mi cabaña no habrá árboles ni estrellas. Todo el mundo será un cansancio tibio y escueto. Y si tengo que descender de mi montaña, bajaré montado en mi bote y olvidaré quién soy… Mi padre es un campo sin hierba, por eso necesita de mi madre. Ella es una lluvia incesante que nos ama. Mi padre es una estrella que no brilla, por eso en el cielo no hay estrellas. Cuando boyamos, cuando amamos, el resto del mundo nos envidia porque nos convertimos en una violencia inmortal. Mi madre, mi padre, mi hermano y yo somos una violencia que nunca muere porque nos amamos y Dios no es real. Si mi abuelo se acerca a nosotros y pide un poco de cariño, lo dejamos dormir cerca de nosotros. Y cuando duerme, lo miramos y decimos en voz alta que es un hombre viejo que no sabe amar. Por eso lo odio, mi amor, porque no sabe amar… Como los ogros que nos miran desde la penumbra. A veces aúllan, otras ladran, porque son ogros tímidos que aúllan y ladran como animales salvajes. Los animales salvajes no pueden amar. Una hoja, un rayo de niebla, la ira entera de mi corazón no causaría asombro en el corazón de un animal salvaje. Para mí, toda la ira de mi corazón es hermosa. También encuentro belleza en los rayos de niebla. Mi amor, me gustaría dormir junto a ti, junto a la niebla, y el temblor de tu cuerpo. Estar cerca de tu cuerpo me hace sentir como una bala enferma. Abro el grifo y me echo agua en la cara. No soy un Dios sudoroso a punto de ser sacrificado; cuando no estás cerca, en mi montaña no hay vida. Dax duerme en su cama. Mis padres duermen en su cama. Toda la noche del mundo cabe en nuestra habitación. Y desde aquí los miro dormir en sus camas. Cuando duerme, en el rostro de mi hermano se amontona una montaña de sueños. Mi madre busca con sus pies los pies de mi padre. Mi amor, hace tanto frío en esta habitación y tú no duermes junto a mí… En mi habitación dorada cabe toda la soledad de una montaña. Un ardor que sosiega mi ardor interno. Y en la distancia juego con la hija que nunca tuvimos, mi amor, en noches así juego en la distancia con la hija que nunca tuvimos. Juego en la distancia con mis amores, mi amor…
         Mi madre está cansada, por eso ronca cuando duerme. Ronca como la furia de una muralla que se derrumba. Madre, duerme tranquila, esta noche yo soy el vigía. Dejen todos a mi madre tranquila, déjenla vivir. Cuando mi madre está despierta, trajina de un lado a otro como un amor eterno. Mi pobre madre suda cuando camina, suda porque lleva en la espalda nuestro bote. Dax y yo soñamos porque mi madre nos ama y lleva nuestro bote en la espalda. Mi padre es una tumba dormida. Es una tumba que descansa junto a mi madre. Un tumba que sueña con tiempos enfermos. A mi padre sólo le importan sus sueños, por eso duerme como una tumba. Si fuera por mi padre, mi hermano y yo no tendríamos un bote… Mi amor, desde aquí los miro a todos y el corazón me duele. Estoy enfermo. Tampoco puedo dormir. Cuando miro los ojos dormidos de mi hermano, lo envidio. Soy un hermano que observa con envidia a su único hermano dormir. Mi madre es más grande que todas las ventanas y puertas del mundo. Cuando me condenen y lleven mi cuerpo al parterre, viviré mi condena en silencio. Mi madre llorará mi silencio. Cuando me hunda y me quemen y me sepulten, mi madre llorará mi silencio. Mi madre intentará agarrarme de la mano, pero el fuego habrá robado mi mano; no tengo manos porque el jardinero me odia… Entonces mi madre tomará el hacha de juguete y cruzará el continente entero. El mundo será un continente rojizo. Y los gritos de mi madre harán arder la tranquilidad del jardinero. Cuando esto pase, yo estaré junto a ti, mi amor, allá lejos en el balcón de mi montaña. En mi montaña no tendremos manos ni piernas. Mi hermano caminará con mis pies. Dax caminará solo porque estará solo. Soplará a la vela de nuestro bote él solo, porque la soledad es menos abrumadora que el ardor. Mi amor, cuando ese poeta viejo dijo que el amor era una vaso de tristeza, en su corazón no había ningún ardor. Nadie había quemado su corazón allá lejos en el parterre. Cuando el mundo habla, mi amor, lo hace porque en su corazón ya no hay sueños… Por eso el mundo tiembla.

lunes, 1 de diciembre de 2014

RÉQUIEM PARA LOS INFELICES: borrador (I)

La subo a un bote 
y prendo una vela
Ruy Burgos Lòvece


¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
¡¡¡AYOTZINAPA!!!
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¡¡¡AYOTZINAPA!!!


I

Mi nombre es Francisco y hoy he cumplido nueve años. Todo me abruma. Cuando cierro los ojos, hacia dentro me transformo en bruma. Y en mi interior sopla un aire frío. Cuando abro los ojos, me convierto en bruma que sopla hacia fuera. Me siento abrumado por el frío más gélido, por el cielo más azul, por los sonidos más sutiles, por los papalotes más lejanos, por el rostro más hermoso de mi madre. El rostro de mi madre siempre será hermoso. Y si fuera un rostro deformado, sería hermoso también, siempre. Los rostros, hermosos o deformados, oscuros o claros, siempre están en mi mente. Me irrito cada vez que miro un rostro, un papalote, una flor, a los humanos trabajando. Si dejo que la irritación crezca, me desespero hasta la bruma. No deberían haber rostros, ni papalotes, ni flores. Cuando tengo los ojos cerrados o abiertos, me exaspero: no hay suficiente aire para todos, mi corazón revienta, la pena taladra mi pecho.
          En otoño, los árboles tienen vida. En invierno, los árboles son como un puñado de versos. Los árboles dicen que los muertos comen trozos de ramas hasta la eternidad. El jardinero halló dos cuerpos viejos en su parterre. ¿Quién sabe lo que hacían ahí? Sólo los que pernoctan en el parterre saben si han sido dos o cuatrocientos cuerpos viejos. Sólo ellos saben. Puede tratarse de una plaga, y en los campos es mucho peor… Cuando está nublado, la lluvia descansa en el cielo. Y si hay pájaros cerca, van como la furia a sumergirse en las alturas.
          Estoy solo y esto me apena. Cuando tengo hambre, como trozos de ramas y se me pasa. Cuando me estoy ahogando, sumerjo mi rostro en un agujero y respiro. Mis párpados se llenan de agua. Respiro y se me pasa: el sentimiento de ahogo termina, es casi como si el ahogo no fuera real. Amo también la asfixia que habita en la distancia. Pero si tengo sed, basta con servir agua en un vaso y se me pasa. En el invierno, cuando tengo frío, me encierro en mí mismo y enciendo el candelabro más grande que encuentro. Luego salgo, comienzo a jugar con el gris, y ya no tengo frío. En el verano, cuando hace mucho calor, me desprendo de mi abrigo. Mi abrigo no me cubre el cuello y esto me hace sentir bien; entonces me bato en duelo con el mundo. El filo del mundo es como un sable. Filo. Después del duelo, bajo la luna, aún siento la presión del filo en la garganta. Me desprendo de mí mismo, brillo en silencio y entierro las piernas en la profundidad. Si me distraigo, todo mi cuerpo termina enterrado. Cuando esto ocurre, la fatiga es tan grande que no tengo fuerzas para jugar con el filo. No sé entonces qué hacer. Así que me acerco a los otros… Nos miramos, todos rígidos, como si buscáramos un brillo específico en nuestros ojos. Dejamos de desear el bien, cuando nos miramos. Y si ponemos un poco de atención, nos damos cuenta que mirar nos produce un terrible mal. Nada podemos hacer contra la soledad y la pena. Nadie puede ayudarnos. El hambre y la sed son las ramas secas que llenan nuestros ojos. La soledad y la pena siempre están ahí. Más que ensayar la calma, más que la demencia, más que el llanto, más que el hervor… El azul del cielo se arruga, los continentes se abisman: así descansamos en la vida, mi amor…
          Estoy solo. Me basta con cerrar los ojos para saber quién soy. Cuando una mirada ajena me observa, cierro los ojos. Existo cuando cierro los ojos: existo en la oscuridad y en la vida… Ahí está mi madre, mi padre, mi hermano Dax, Tessa, la insidia del recuerdo de Ana, mis amigos. La multitud. Pero ellos existen sólo cuando cierro los ojos. Cuando abro los ojos, siempre hay una persona ahí, pero no soy yo. Jamás yo. No podemos cuidar a los otros, porque nosotros somos los otros. Cuando hablo o cuando juego con los otros, sé muy bien que ellos están fuera de mí, sé que no es posible que ellos se sumerjan en mi interior y yo tampoco puedo asomarme adentro de ellos. Sé muy bien que si ellos miraran adentro de mí no serían capaces de comprender mi silencio. La soledad y la pena me castigarían si los otros observaran mi interior. A los otros no les interesa lo que ocurre en la tierra y en el agua, pero yo continúo transformándome cada vez que paso cerca de la oscuridad y de la vida. Todo el tiempo escucho. Escucho cuando un sonido ordinario golpea mi interior; escucho para poder salir de mi interior. Los otros, cuando esto ocurre, siempre están muy lejos. Los otros se hunden en las alturas como papalotes. Un papalote, allá en las alturas, en las alturas como en el horizonte, avanza a tientas como una mano tocando mi rostro. Pero los otros no pueden ver los papalotes. Y yo sufro, siempre. Y estoy aquí, siempre.
            Mi padre está loco y mi madre cree en Dios. (continuará…) 










sábado, 4 de octubre de 2014

RESEÑA de El DOCTOR HANEMANN, Stefan Chwin, Acantilado, Barcelona, 2005, p. 307.





















Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
-ya saben, es de Vallejo...


Características físicas: envoltura plastificada, bella al tacto, frente color violeta, el resto del libro es de color negro. Muchos han tenido entre las manos un libro de Narrativa del Acantilado: amarillo mostaza en la parte superior de la portada; papel del bueno, denso, por eso el libro pesa como hielo que se derrite en la mano… Lo leí hace nueve años, cerca de Besòs Mar en Barcelona, en un piso compartido con la peruana Doña Charo y el hijo, también peruano, de la casera. Teníamos una habitación diminuta con ventana a la parte de atrás del edificio (a la derecha, no muy lejos, se vislumbra un trozo del Forum desde esa ventana). Recuerdo un ropero y una litera angosta: arriba dormía David, envuelto en ronquidos y un retazo de sábana porque aún hacía calor en septiembre de 2005. El doctor Hanemann fue un regalo de cumpleaños: Doña Charo preparó ravioles a la boloñesa, receta propia desde Perú, y David me obsequió el libro de Chwin con una dedicatoria escrita en una hoja de papel. Comimos y bebimos con alegría, cada uno lejos del lugar donde nació. Doña Charo se fue a trabajar en la tarde; tenía varios empleos y enviaba dinero a sus hijos, allá lejos en Lima, una ciudad que, en las crónicas de Doña Charo, adquiría una dimensión casi fantasmagórica. David y yo nos quedamos a trasegar la tarde, quizá salimos a caminar o a correr por la marina del Forum. Al día siguiente comencé a leer el libro de Chwin. Me recuerdo sentado en un silloncito cerca de la ventana de la salacomedor, alternando miradas entre el libro y la calle desfigurada por la ropa secando en la ventana. De la novela apenas conservo unas cuantas sombras: Gdansk durante los albores de la Segunda Guerra Mundial; el doctor Hanemann como catalizador de la transición del Gdansk polaco al Danzig alemán; un personaje femenino que remueve las moléculas internas de Hanemann; tristeza, amor interrumpido, un puerto desmenuzado a golpes de cañón. La lectura de El doctor Hanemann significó un punto de inflexión en mi vida. Fue en septiembre de 2005 cuando comprendí que no iba a regresar a vivir a México… Llegamos a Barcelona (después de un efímero paso por París, donde David descubrió la noche europea y yo me dediqué a caminar por las calles donde había dormido/vivido en el pasado) tras una temporada en Tulum, Quintana Roo. Los dos comenzamos como garroteros. Conservo bellos recuerdos del Caribe mexicano: correr, dormir y nadar en la playa; trabajar de once pe eme a siete a eme; mirar durante horas el ventilador del techo del cuarto donde dormíamos... Queríamos ir a vivir a España o a Francia o a donde fuera que nos dejaran vivir en Europa. Por eso llegamos con una bolsa rellena de pulseras y collares y joyería de fantasía e intentamos convertirnos en vendedores ambulantes en París y Barcelona. Fue un fracaso benigno, de emprendedores sin una idea concreta de lo que buscaban. No logramos conseguir empleo en Barcelona, aunque quizás ni siquiera lo buscamos. Lo que más deseaba era un golpe mayor que tambaleara mi vida. Creo que David quería algo parecido. Caminamos mucho en Barcelona y comimos bien dentro de lo que cabe: mucho arroz y camarones en oferta, bebimos vino y viajamos en el metro muchas veces sin pagar: Besòs Mar, por el río, al que yo borraba el acento grave para leer sólo Besos Mar en el letrero de la estación del metro. No sé si David escribió en Barcelona, nunca lo vi hacerlo, pero yo evitaba la pluma y el papel, y me dedicaba a pensar, a idear una forma de golpear mi vida con fuerza. Una tarde el destino apareció. Tuvimos que ir a la estación Barcelona Nord a comprar un boleto de camión para que David fuera a París, desde donde iba a regresar a México-D.F. Fue una noticia triste... No quería quedarme solo allá en el continente ajeno. Quizás lo más lógico e inteligente hubiera sido regresar con David, pero había perdido ya varios semestres en la carrera en C.U. y el estudio la verdad no me interesaba. Buscaba el golpe, un dolor interno, una alegría dolorosa. Algo parecido al amor. Un golpe. Así que tomé una decisión precipitada: David compró su boleto a París; yo, a Praga... Recuerdo con abrumadora nitidez la noche que acompañé a David a la estación de autobuses: desde la espera entre maletas y familias ansiosas por partir hacia su destino, hasta el robo hábilmente perpetrado por dos muchachos marroquíes. David fue el primero en darse cuenta. Pasaron como sombras entre los racimos de maletas y con mano suave salieron cargados con sendos bultos. Nadie los alcanzó. Se ocultaron con rapidez. Recuerdo que le di a David una bolsa con tortas y fruta; también le di una carta en la que tal vez escribí algo sobre la juventud y la amistad, no sé. David abordó su autobús y jamás lo volví a ver... Esperé hasta que el armatoste de Linebús se puso en marcha y salió sigiloso por el Carrer de Napols. Afuera la noche brillaba a través de las farolas y hacía un poco de calor. Seguí el autobús unos cuantos metros agitando la mano: sin duda iba a extrañar al loco de David y sus vertiginosas ocurrencias. En la esquina con Carrer d’Ausiàs Marc vislumbré a la pareja de marroquíes repartiéndose el botín; dejaron las maletas medio vacías, no les importó la ropa, y echaron a andar cada uno en direcciones opuestas. Regresé caminando al piso de Besòs Mar (Besos Mar). Cené con doña Charo. Creo que nos lamentamos por la partida de David y luego hablamos sobre sus hijos en Lima, aún sin oferta de trabajo para ir a España. Ya tumbado en la litera, sin los ronquidos y los pedos de David, permanecí despierto escuchando en mis walkmans el casete con “Cigarette Ashes” de Etta James, como anticipación de mi próxima mudanza a Praga, donde iba a conocer a mi primer amor. Esto acudió a mi mente hoy mientras hojeaba El doctor Hanemann de Stefan Chwin. Tienes razón David: “Un buen día -en el que muchas veces no queremos ni memoria- nos recuerdan que hace tanto tiempo menos, nuestra madre encarnó un deseo; y los deseos, pienso, crecen con más deseos… Este regalo, en fin, es sólo un pequeño gesto de la estima y buenos deseos que te tengo. -David”. 



“Cigarette Ashes” de Etta James