domingo, 25 de agosto de 2013

"LOS REFLEJOS" de Agustín Abreu Cornelio

Agustín Abreu Cornelio, Los reflejos, Instituto de Cultura de Yucatán, 2009, pp. 74
Comienzo a escribir esta reseña/semblanza/historia-de-un-libro en el aire porque Los reflejos me acompañaron, de forma intermitente, durante este verano. Es en el aire (tumbado en una butaca incómoda de avión), de regreso al lugar que llamo de manera provisional casa, donde he adquirido consciencia de que este verano, mi verano, ha llegado a su fin. Es tentador convertir este amago de reseña en un recuento veraniego, pero con el término de la estación estival las pasadas disciplinas deben recobrar su lugar en mi rutina cotidiana... Qué triste me parece ahora la idea de mi "rutina cotidiana", justo cuando el verano y sus luces y sus caprichos son apenas un reflejo, o reflejos, que atestiguan que la rutina cotidiana tiene más que un solo y enérgico sentido. (Me distraigo en el recuento de las nubes que custodian nuestro vuelo allá abajo, nubes como nenúfares que anuncian un más allá de tierra escuálida; ahora mi distracción es interrumpida por un cúmulo de vapores y ligerezas...)
     ¿Qué pasos seguir al enfrentar la lectura de un poemario? ¿Desde el principio y después lo que nos sugiera la intuición? Los reflejos de Agustín Abreu Cornelio* los he leído de dos maneras distintas: I) Desde la primera página de un solo tirón y II) De forma aleatoria -respetando los capítulos-, sin dejar de prestar atención a la pereza de los días. Tras recorrer estas dos vías, creo que la mejor manera de abordar Los reflejos es montado entre estos dos caminos, es decir, con la paciencia de quien busca una sombra hace tiempo olvidada y con la impaciencia de quien intenta recuperar la paciencia ya perdida.
     No suelo rayar ni escribir en mis libros, y el caso de Los reflejos no ha sido la excepción; sin embargo, en un pedacito de papel, custodiado en silencio por las páginas 32 y 33, hice las siguientes anotaciones:  

(69) "Estiro mi Cordura"
(60) "Prende la luz/tengo la esperanza/de vivir a tu vuelta"
(36) "Tomo tu herencia con todos sus reflejos..."
(35) "Tu nombre está oculto en los ranchos"

La cita de la página 69 me hizo recuperar imágenes, que no visitaba hace varios años, de Oliverio Girondo; hay en la elasticidad de la cordura un hálito, también, Bergsoniano, uno que se aferra a la duración como unidad íntima del tiempo. Sabemos que la duración, incluso la más candente, llegará a su fin, por eso la imagen de "Estiro mi cordura" es una forma de autoayuda y evasión, provisional, de la locura, del instante y sus fuegos de artificio.  
     Pero antes, en la página 60, el instante Bachelardiano irrumpe como un fuego esperanzador. Aquí la abstracción del instante aparece en su forma más pura, en un estado que tiende un puente entre lo instantáneo y la duración bergsoniana: la luz encendida será testigo de quien espera un regreso que inaugure, una vez más, la vida que transcurre en un futuro ya vivido. Esta imagen también devuelve a mis ojos versos de Oliverio Girondo, versos donde la melancolía del eterno retorno llena todo el espacio de nuestra memoria. 


     "Tomo tu herencia con todos sus reflejos" para mí es una letanía maldiciente, incapaz de conjurar la bonanza aparente de la ansiada heredad. Aquí recuerdo, como tantas veces a lo largo de los años, los efímeros y sentenciosos versos de Raúl Parra (poeta guerrerense que murió hace algunos años de una terrible enfermedad cuyo nombre es impronunciable): "Mi padre vive en mí/yo vivo en mi hijo/el infierno se hereda". El verso de Agustín Abreu Cornelio, al menos en mi lectura, complementa aquellos de Raúl Parra: la multiplicidad de la estirpe es una cadena de reflejos que la muerte misma es incapaz de romper o suprimir. Morimos y nacemos para reflejarnos en alguien más, con o sin amor, con o sin afinidades, y el reflejo prevalece y nos hace sobrevivir ante la continuidad irreversible de lo que recibimos al nacer y dejamos tras la muerte.

     Por este motivo, "tu nombre está oculto en los ranchos" resuena con la voz insoslayable de un notario público, voz que señala con parsimonia administrativa el destino de la heredad de los difuntos. Quizás esta es nuestra herencia, ¿la herencia de quién?, ¿de l@s mexican@s?, sugerida y dibujada con detalles en textos de Mariano Azuela, Nellie Campobello, Martín Luis Guzmán, Juan Rulfo, José Revueltas y, reciente y un difunto más también, Daniel Sada. Sí, nuestro nombre está oculto en los ranchos, pero el polvo y la desidia impiden que veamos el rancho, los ranchos... Luego la ciudad también, rancho de ranchos, Rancho con mayúscula, donde la multiplicidad de nuestro nombre está oculto, como un misterio ya incapaz de convocar lo que hay de divino en nuestra vida. El valor, personal, de Los reflejos de Agustín Abreu Cornelio reside precisamente en su capacidad para reflejar ese misterio y divinidad en apariencia perdidos y/u olvidados.


*A Agustín apenas lo conozco, incluso me atrevería a afirmar que no lo conozco, pues durante un breve encuentro en Chapel Hill, cuyo propósito ex profeso era venderle una lavadora (mi pobre metáfora de la universidad), no se puede llegar a conocer a una persona. Lo imaginaba yucateco y salió con que era de Tabasco; lo imaginaba dispuesto a comprarme la lavadora y salió con que ya tenía una. En fin, que a Agustín Abreu Cornelio no lo conozco, apenas un atisbo, unos reflejos que sugieren que Agustín es un tipo apasionado y vanguardista, cariñoso con la palabra, breve porque la brevedad siempre se agradece. Y porque las palabras también tienen el poder de comprometernos y hacernos firmar y dedicarle un libro a un desconocido, cuando Agustín salió de la tienda sin comprarme la lavadora, dejó, como constancia de su paso, una edición de este poemario que ahora me pertenece (esto lo digo con la seguridad del mejor postor). Recibí Los reflejos de mano de Oswaldo Estrada y no volvimos a hablar  (Oswaldo y yo) de aquel aparente comprador de "nuestra" lavadora. Esta nota la he escrito con una sonrisa, tumbado junto a una ventanilla que enmarca un cielo reblandecido por las nubes, con la certeza de que muchas veces es mejor lavar la ropa a mano y de que las ventas nunca han sido mi especialidad...


sábado, 20 de julio de 2013

LUX ET VERITAS: minicrónica de un mendrugo

LUZ Y VERDAD, pareja, para muchos incondicional, que invoca la esencia del progreso intelectual en el ámbito académico y las tradiciones de Occidente. "Lux et Veritas" es el lema de la Universidad de Yale, institución cuyo prestigio nadie pone en duda, pese a estar ubicada en la novoinglesa ciudad de New Haven. Digo que "pese a estar ubicada" porque New Haven forma parte del poco decoroso grupo de las diez ciudades más peligrosas de Estados Unidos. Para el visitante de corta duración, New Haven parece, a primera impresión, una ciudad universitaria tipo Oxford-Disneyland, donde la juventud intelectual e intelectualoide palpita como un corazón de hule relleno de cerveza clara. Basta una mirada, despojada de arrobamiento, para identificar en las calles de New Haven desconchados que sugieren que LUZ Y VERDAD también producen sombra y desconcierto. Indigentes, alcohólicos, desempleados y "pobres" de diferentes calañas pululan en New Haven y se pasean en derredor de los zombis privilegiados de Yale. Hay que ver a los "niños bien", disfrazados como babuinos de cabellera lager, cómo se las arreglan para caminar por encima de los cuerpos embriagados de aquellos a los que "Lux et Veritas" no significa bastión sino injusticia edulcorada, privilegio blanco como la leche... Hace unos minutos he visto a un par de muchachas hurgando en un enorme bote de basura de color blanco en busca de algún comestible. No me asusta el hecho de ver a alguien revolviendo en el vientre de un bote de basura para llevarse un mendrugo a la boca (aunque es algo que debería asustarnos y llenarnos de furia y perplejidad), es sólo que en una ciudad que se congratula a sí misma por su preeminencia intelectual y acádemica, y sus consabidas vituallas políticas y económicas, la presencia de la miseria cobra un sentido casi irrisorio. Me explico. Para los privilegiados de Yale, la trascendencia y la superioridad intelectual reside en aceptar que nuestras sociedades están quebradas y que la indigencia y la explotación laboral es lo más natural de "este" mundo. Es como hubiera dicho Jorge Ibargüengoitia: Sálvese quien pueda y a los que no puedan pues que les den por culo. CARAJO.    






















Estos lugares son bastante transitados y es habitual hallar personas, como se dice en inglés, en "bad shape", y no me refiero sólo a la forma física...

domingo, 30 de junio de 2013

ESTAMPA DE UN LIBRO DE Ondjaki


Novela que, con insidia, como un recuerdo inesquivable, desenreda el cordel, hecho una maraña, que descansa en la tierra después de volar un papalote en un cielo de color corazón-de-iguana. ¿Por qué la memoria puede llegar a usurpar nuestra vida presente con tal intensidad que podemos llegar a desear sólo la memoria? Ocurre como con los sueños y su resaca, como con la intensidad del deseo que nos susurra que un día lo mejor será ya no volver a despertar. Buenos días, camaradas es una poética de la clarividencia: Ondjaki acaricia aquellas pequeñas cosas de la vida que extrañaremos en un tiempo ulterior e hipotético: Ondjaki narra un acontecimiento clave de su infancia, en apariencia anodino, pero en cuyos detalles se encierra lo que el autor sugiere que son los grandes momentos de nuestra vida. Con una prosa que fluye como un río, esta breve novela con seguridad se expandirá en la memoria del lector. Será difícil olvidar Buenos días, camaradas del angoleño Ondjaki. Al menos eso me está ocurriendo, porque siento como si un ouroboros creciera dentro de mí...

viernes, 14 de junio de 2013

HISTORIA DE UN LIBRO DEL loco clínico Luis Marcelino Gómez

Luis Marcelino Gómez. Cuando llegaron los helechos. Caracas: Monte Ávila Editores,  2009,  p.79.


(Manifiesto disperso y sentencioso 
que reseña lo que aspira a ser 
un homenaje disperso y manifiesto)

1. La literatura, o eso que llamamos literatura, no debe permanecer encerrada en un libro, ni siquiera cuando se trata de uno con guardas de papel aterciopelado color azul rey (estaba pensando en un libro publicado por Valdemar…). 

2. Cuando la literatura sale del libro, y encuentra su rincón en nuestras vidas, se debe a que nosotros mismos abrimos la puerta de la jaula y dejamos que el vampiro salga a volar y chuparnos la sangre (estaba pensando en Michel Tournier…).

3. Abro la jaula de Cuando llegaron los helechos: el vampiro maniobra en el aire enrarecido de mi habitación, se acomoda en la moldura de la ventana y me mira con complicidad. Ambos sonreímos. El vampiro abre la boca, muy despacio, y me cuenta que este es un libro con mucha historia, donde la vida adquiere un sentido radical, donde la palabra se hace demasiado pequeña para almacenar los latidos del corazón del autor. Sobre esto meditaremos después, el vampiro y yo, puesto que los latidos del corazón de un autor demandan muchas meditaciones.

4. Sobre el autor. El escribidor. Corrijo: el escritor. Vuelvo a corregir: Esa persona que se sienta frente a un escritorio, acompañado de su tumultuosa soledad, a comentar lo que nosotros llamamos mundo y los dioses castigo. Su nombre: el escritor. ¿Quién es el escritor? Luis Marcelino Gómez, cubano de Ciudad de Holguín, aunque su nombre puede ser éste y otros más. Por ejemplo: L.M.G. Otro ejemplo: Luis M. Gómez. Uno más: el autor de Cuando llegaron los helechos, libro de cuentos publicado por la venezolana y entrañable Monte Ávila Editores…

5. Es un libro de cuentos, como un río, como una raíz profunda que comunica muchos puntos cardinales. Digamos que en estos cuentos el Norte abraza al Sur y el Oeste se funde en el Este. Digamos, también, que se trata de una cartografía donde todos los caminos revelan una pasión: orgía cardinal. Sobre esto también meditaremos después, porque presiento que la pasión es una de las claves para comprender estos cuentos de Luis Marcelino Gómez. (La pasión).

6. Cuentos apasionados, que saltan igual que la vida, es decir, con zancada larga; cuentos de juventud y de madurez, de días y de noches de libertad. Cuentos con una exactitud verbal apasionada, oronda, labial, altiva. Cuentos sin un adjetivo de más. Cuentos calurosos. Cuentos con son y que son música clarividente. Canción de simonia. página 53. “El diablero”: A México, donde vivieron mis bisabuelos maternos con sus hijos. Historia que evoca un origen peninsular y yucateco, mayense, oscuro y circular.

7. “El diablero” vuela alrededor de mi cabeza y susurra bastardillas a la noche, me dice que recuerde, que mi origen tiene también un tentáculo enterrado en la península de Yucatán. Recuerdo: mi chichí (abuela en maya) (madre de mi padre) vino a la Ciudad de México desde Mérida, Yucatán… Hija de española y criollo, la recuerdo como una mujer con sombrero y manos enguantadas; la recuerdo como una sonrisa abierta y una palabra precisa; la recuerdo como la imaginación: recuerdo una noche en que ella y yo estamos sentados frente a la pesada cortina marrón del enorme ventanal de su departamento en el Eje Central: jugamos al “cinito" y comentamos la película entre risas: yo soy un niño de cinco años; ella, mi chichí, una mujer cuyo pasado aún no he logrado descifrar, porque salió de su Mérida para exiliarse en la Ciudad de México y nunca nos habló de la estirpe que dejó atrás. No hablaba maya porque no era maya, pero lo entendía porque su nana le hablaba en esa lengua hermosa y brillante. página 71: En los aniversarios de su petrificación, desde el pueblo y vecindades acuden muchedumbres. Muchedumbres acuden a mi memoria… El vampiro revolotea alrededor de mi cabeza y me chupa gota a gota la nostalgia. Débil, y maravillado, miro la noche a través de la ventana. “El diablero”.

(Historia del libro: Apareció, adentro de un sobre de color amarillo, sobre mi escritorio, en la oficina que comparto en la universidad. Del autor poco sé, salvo que hemos conversado dos o tres veces sobre la pasión que tenemos en común. Luis Marcelino Gómez es un hombre que admiro y de quien he construido una imagen entrañable. Con frecuencia lo he visto caminando en la distancia en el campus de la universidad. Viste como imagino que lo hacen los hombres libres, sin reservas y sin la afectación de la moda impuesta por la llamada academia. Un día lo encontré con una camisa azul de mezclilla; respondió a mi comentario, sobre su camisa, que ese día iba como Neruda… Y su libro un día apareció sobre mi escritorio, porque Luis Marcelino Gómez me lo había prometido. Se trata de un libro ligero, de papel hecho para volar, dedicado al padre del autor: Luis Enrique Gómez Díaz. En la página 62, en la línea 24, hay una enmienda, sobre una tira de papel adhesivo, “Morpho cypris y Papilio antimachus drury”, mariposas…). 

8. Cuando llegaron los helechos ahora es mío, lo sopeso entre mis manos y lo hojeo rítmicamente. Afuera el viento mueve las hojas también rítmicamente. Todo es ritmo, en la creación y en la destrucción… Ritmo, cadencia, así, de la misma manera en que se tuercen los helechos…    


9. Gracias, Luis Marcelino Gómez:







   

sábado, 8 de junio de 2013

acapulquito



En menos de tres horas, cuatro choferes de la ruta Maxitúnel de Acapulco fueron asesinados a balazos por presuntos desconocidos. El primer homicidio tuvo lugar en una parada de autobuses, justo frente a una empresa que ofrece servicios de transporte, distribución y logística. El último de los cuatro homicidios fue consumado por un grupo de civiles armados (¿tres, cuatro, cinco…?), que salieron a la carrera detrás del camión intentando detenerlo; cuando le dieron alcance, ante el asombro de todos los pasajeros, le dispararon al chofer en la cabeza. Los homicidas, en los cuatro casos, desaparecieron con ostensible facilidad. Hasta el momento no se sabe el nombre de los cuatro occisos. Las autoridades del estado de Guerrero y la dirección de la policía municipal de Acapulco han afirmado, pese a los cuatro asesinatos registrados en un lapso de tres horas, que los homicidios “van a la baja”. Los choferes de las rutas urbanas de Acapulco han respondido a esta afirmación con la suspensión de sus labores, arguyendo que temen por su seguridad. Por su parte, la Secretaría de Fomento Turístico del estado de Guerrero revela números poco concisos con respecto a la ocupación hotelera del popular destino turístico, aunque se puede pensar que la ocupación asciende a poco más del 80%, sin contar hoteluchos, búngalos de poca monta (en uno de estos hace no mucho un grupo hispano-mexicano fue violado y asaltado) y casas y departamentos rentados por días, semanas o meses.  

jueves, 6 de junio de 2013

Final de “La tristeza de ser una gallina"



Hay algo que tengo que aclarar, que siento que debe ser aclarado: por más que lo pienso, la distinción que se suele hacer entre sueños y pesadillas carece de fundamentos. Las gallinas nos inclinamos hacia la pesadilla, una borrasca que anega nuestro inconsciente o subconsciente produciendo en nuestro interior repetitivos sobresaltos, como un hipo desmesurado que no amaina. Pero a pesar de todas las tinieblas que esto trae consigo, la pesadilla no deja de ser un sueño, macabro o espeso, pero un sueño antes y después de todo. A los sueños se les concede un talante casi poético, maravilloso, una ficción que da gusto experimentar, pero los sueños y las pesadillas también suelen confundirse, no todo puede ser de un mismo color, ya el hecho mismo de continuar viviendo en un tiempo indeterminado mientras una duerme es una monstruosidad, bella, pero monstruosidad al fin y al cabo. Y si los sueños y las pesadillas se oponen (aunque las pesadillas tienen lugar también en una realidad onírica), desplegando de esta manera una sombra sobre la nitidez pacífica del sueño; si esto es verdad, lo es también que los sueños y las pesadillas viven mezclados, luz y sombra entreverados en la ficción onírica del más allá. Además, y por último, si soñar es un verbo, y la pesadilla se opone al sueño, entonces “pesadillar" debería también aparecer en el diccionario precedida de una “v”. Soñamos y pesadillamos, y todo sobre el mundo continúa cayendo, derramándose, incluidas nosotras las gallinas.

sábado, 11 de mayo de 2013

Principio de "La tristeza de ser una gallina"



Se puede decir que la paz es un concepto inalcanzable para nosotras, porque los gallos se cuecen en una olla aparte, su carne es más dura, no podía ser de otra manera; la paz es un horizonte hacia donde nunca miramos. Pero, si se nos mira con calma, con ojo émulo de entomólogo, se puede apreciar que nuestros sentimientos atraviesan un espectro muy reducido: del miedo al terror, y de éste a la pesadilla, después el ciclo se repite una y otra vez. En contra de lo que se suele pensar, experimentar la rudimentaria guillotina no es lo peor que nos puede ocurrir, porque la verdad, y esta es mi impresión, la muerte es algo que casi no dura: te apresan después de haberte elegido con días de antelación, después te llevan al lavadero, ése donde todos tus antepasados del corral han dejado su charco carmín, y tras inmovilizarte las patas, comienza el inefable corte en el pescuezo… Hay gallinas que han logrado zafarse del torniquete aplicado en las patas y, durante un par de minutos inolvidables, han revoloteado descabezadas a trochemoche. Despojarse de la razón, del miedo a que la razón no sea tan precisa como se piensa, es algo que las gallinas atravesamos en algún momento de nuestra breve vida. Sin cabeza, imagino, la razón deja de importar. Una de nuestras más grandes tragedias es tener una memoria terrible, si apenas y recordamos, y cuando lo hacemos las imágenes son siempre borrasca, lapsos de tiempo incoherente que amagan con hacernos comprender algo ininteligible para nuestros minúsculos intelectos. He llegado a creer que la felicidad, y también el dolor, reside en la facultad de recordar, de hacer memoria de una misma. Ya antes había dicho que nuestra vida transcurre entre las tenazas de un ciclo irremediable: del miedo al terror y después a la pesadilla, y es bastante obvio que estos tres sentimientos no se distinguen demasiado entre sí. Por ejemplo, si estamos reconcentradas en el gallinero, sumidas en un sueño que nunca se concreta, y de nuestras mullidas entrañas un huevo intenta abrirse paso hacia el exterior, eso que es tan propio de nosotras y de toda nuestra especie, es decir, poner huevos o expulsar huevos, nos produce el más agrio de los miedos, pero también sentimos terror, y a la vez nos apremia la sensación de estar viviendo una pesadilla interminable. Y aunque estoy casi segura de que vivimos en un ciclo que parte del miedo y se consolida en la pesadilla, atravesando por el terror, también estoy convencida de que vivimos esos tres estados de forma simultánea, una aporía quizá, pero la vida de una gallina es siempre una contradicción, una línea ilógica que sin visos de cambio se transforma de repente en un ángulo imposible de medir.